Por Javier Burón Cuadrado
En primer lugar, se nos ocurre que muchos de estos edificios son un buen lugar para mejor prestar algunos servicios públicos. Por seguir, creo que muchos de estos edificios pueden ser un buen lugar de encuentro cívico, en el que la comunidad se dé cita, se conozca, establezca lazos ciudadanos, prepolíticos, públicos y quién sabe si mercantiles. Y finalmente creo que muchos de estos edificios públicos singulares ociosos pueden ser un lugar en el que nazcan nuevos negocios y empleos, nada faraónicos, sino muy locales, razonables, sostenibles y comunitarios. Y hay sitio tanto para la economía pública, como para la privada.
No descubro nada si digo que en España hay cientos de edificios públicos singulares sin uso alguno. Muchos de ellos son uno de los
resultados de la burbuja inmobiliaria de la década pasada. Políticos,
financieros, promotores, constructores y profesionales iban pedaleando en una
bici sin cadena. Todo valía, todo era arrojable al horno de la pura
especulación. Y por decirlo todo, la ciudadanía tampoco ayudó mucho. Más bien
al contrario. En vez de censurar los proyectos faraónicos, los electores daban
su favor al político y partido que prometía, si se me permite, montar «la
más gorda».
Hoy hemos pasado de cien a cero. Muchos de los mismos que
regaron de gasolina la especulación en forma de ladrillo y cemento, hoy
censuran cualquier proyecto que tenga que ver con estas dos materias. Muchos de
los apologetas del ladrillo y el cemento hoy son conversos al extremismo
contrario en el que militaron hace tres días. O, al menos, lo son por un corto
tiempo, «hasta
que todo vuelva a la normalidad» y podamos seguir haciendo «lo
que siempre hemos sabido hacer».
Sea como fuere, esos edificios públicos singulares
ociosos, hoy vacíos y ocasionando gastos de amortización financiera, seguridad
y limpieza a las arcas públicas, deben ser movilizados hacia usos diversos.
En primer lugar, se nos ocurre que muchos de estos edificios son un buen lugar para mejor prestar algunos servicios públicos. Por seguir, creo que muchos de estos edificios pueden ser un buen lugar de encuentro cívico, en el que la comunidad se dé cita, se conozca, establezca lazos ciudadanos, prepolíticos, públicos y quién sabe si mercantiles. Y finalmente creo que muchos de estos edificios públicos singulares ociosos pueden ser un lugar en el que nazcan nuevos negocios y empleos, nada faraónicos, sino muy locales, razonables, sostenibles y comunitarios. Y hay sitio tanto para la economía pública, como para la privada.
Una de las claves del buen funcionamiento de este tipo de
proyectos es la mezcla de usos y la intensidad de los mismos. Para que
tenga éxito un edificio público en el que se quiere que haya servicios públicos
y encuentro cívico, pero también economía pública y privada tienen que estar
ocurriendo muchas cosas en todo momento. La tensión ciudadana y urbana es uno
de los previos de la viabilidad de las empresas públicas y privadas. Arriba he
puesto una foto de La Alhondiga de Bilbao, uno de los sitios que
ejemplifica perfectamente de lo que estamos hablando en esta entrada. Ahora
bien, aviso a navegantes: todo el mundo que monta un museo de arte moderno en
un edificio de arquitecto de renombre no tiene automáticamente un efecto
Guggenheim. Lo mismo ocurre con este tipo de contenedores públicos para todo
tipo de actividades: no basta solo con llamar a Philippe Starck. Hace falta
mucho más. Y por decirlo todo, no todos los consistorios se pueden permitir el
nivel de gasto público que La Alhondiga de Bilbao está suponiendo al corto y
medio plazo (a medio y largo generará ingresos públicos directos, además de los
ingresos privados indirectos o diferidos que ya está suponiendo).
Puedo entender que muchos alcaldes y alcaldesas tienen
suficiente con llegar a fin de mes pagando las nóminas, así como a los
proveedores y evitando que otras Administraciones Públicas les desposean de
buena parte de sus competencias. Puedo entender que, como dicen muchos de ellos,
el horno no está para bollos. Pero todos podremos admitir que algo debemos
hacer, más allá de seguir pagando facturas con el dinero de todos para mantener
vacíos unos edificios de primer nivel que, con el tiempo, se van a deteriorar
fuertemente por el desuso.
Pues bien, hay gente que está (estamos) en el empeño
de vertebrar proyectos públicos de movilización de estos edificios
singulares ociosos.
Supongo que varias son las opciones, pero nosotros estamos
pensando en lo siguiente:
- La creación de una sociedad pública tenedora del edificio ocioso.
- La puesta en marcha de un proceso de participación ciudadana y dinamización comunitaria para darle visibilidad social al edificio y, con ello, tratar de volver a prestigiarlo y devolverlo simbólicamente a la ciudadanía que lo pago y no lo usa.
- Licitar la gestión de la sociedad pública, con un modelo como el que ya describí en los artículos La empresas pública total y El gestor integral de proyectos públicos.
- Utilizar el edificio con el triple propósito ya comentado: prestar servicios públicos, ser lugar de encuentro comunitario y generar ingresos adicionales para el ayuntamiento, a través de actividades económicas públicas locales (prestación de servicios deportivos, culturales, educativos, comerciales, etc.).
- En los casos en sea posible impulsar las actividades económicas mencionadas directamente por la sociedad pública, y con ello se viabilice económicamente el edificio, el proyecto estará ya en marcha y no necesita más elementos.
- Pero en muchos casos, con la mezcla de servicio público, encuentro comunitario y economía pública local no será suficiente. En estos casos, habrá que recurrir a inversores privados que pongan en marcha en estos edificios negocios susceptibles de encajar en estos edificios (aparcamiento, supermercados, hoteles, restaurantes, etc.). Pero, en nuestra filosofía de proyecto, estos negocios son concesiones de una sociedad pública que sigue siendo titular del suelo y el edificio y que llega a un acuerdo de cesión de parte de los mismos a cambio de una contraprestación económica que ayude a viabilizar el edificio. No se trata de vender, sino de ceder temporalmente para la explotación. No se trata de permitir un negocio y después no saber nada del mismo, sino de participar en sus beneficios (la contraprestación no tiene porque ser ingresada de una vez a tanto alzado, sino que puede ser un porcentaje de los beneficios del negocio privado) y, por tanto, seguir su gestión más o menos de cerca.
Nosotros que estamos con muchos alcaldes y concejales todas
las semanas sabemos que este es un problema candente que debe ser afrontado.
También sabemos que hay muertos a quien nadie los va a poder resucitar. Pero
tenemos claro que de los miles de edificios públicos singulares ociosos muchos
de ellos son movilizables a través de proyectos como el que hemos descrito. Las
evaluaciones deben hacerse caso a caso. Pero en muchos de ellos hay
alternativas viables que oponer a tenerlos cerrados y ocasionando pérdidas
moderadas (si el edificio está amortizado) o severas (si no lo está).
No estamos solos en este esfuerzo. Gente como Paisaje Transversal ya
está trabajando en los procesos de dinamización social que deben devolver el
edificio a la comunidad, concretamente en el municipio valenciano de Náquera. El proyecto se
llama Naquerant Espais y sobre ello tenéis abundante
material en la web de este grupo de profesionales de la arquitectura y el
urbanismo social (perdón por la que debería ser innecesaria redundancia).
También es reseñable el caso de Zorrozaurre Art Work in
Progress (ZAWP
Bilbao). Tiene características diferentes a los que hemos comentado en este
texto. En primer lugar, no hablamos de edificios públicos de primera calidad
ociosos, sino edificios privados industriales que van a ser derribados en
procesos de regeneración urbana. En segundo lugar, no hablamos de costosos
proyectos público-privados de viabilización de estos espacios. Y en tercer
lugar, hay una clara vocación de usar «mientras tanto» (hasta que se realice la
regeneración urbana) a través de actividades creativas y productivas
relativamente alternativas. Pero también tienen innegables rasgos en común con
los casos tocados en este post. Fundamentalmente la vocación de viabilizar con
nueva actividad económica, empleos y encuentro cívico espacios ociosos
dentro de nuestro tejido urbano.
Y para hacer más convergentes ambos modelos, en el caso de
ZAWP Bilbao, ya se anuncia en el horizonte un proyecto para hacer viable en el
tiempo de un edificio de propiedad pública: Papelera ZAWP.
Sea como fuere, como a andar se aprende andando, animo a
alcaldes y concejales a sacudirse el miedo (razonable) y a andar. No es
cierto que él que pase la crisis agazapado vaya a salir de ella mejor. Primero
gatear, después andar y finalmente correr. Y, obviamente, me/nos ofrecemos
como báculo en procesos de este tipo.
Créditos de las imágenes
Imagen 1: Plazawp, espacio común conformado por algunos de los
espacios de trabajo del proyecto ZAWP (fuente:
zawpbilbao.com)
Imagen 2: La Alhondiga en Bilbao (fuente: www.alhondigabilbao.com)
Imagen 3: Naquerant Espais, proceso para la dinamización del
Centro Multiusos vacío de Náquera (fuente: Paisaje
Transversal)
Imagen 4: Papelera ZAWP, un espacio de creación y exhibición
(fuente: zawpbilbao.com)
No hay comentarios:
Publicar un comentario en la entrada