La generación de un barrio desde los espacios de ocio: el caso de La Arena en Gijón


Por Rafael Suárez Muñiz*

Cualquier urbanista aficionado que tan solo se preocupe por levantar la vista y salirse de su monótona rutina visual cotidiana, al perderse por la cuadrícula del ensanche decimonónico 'burgués' de Gijón (la capital económica, social, ocial e industrial de la región hasta bien entrado el siglo XX) percibirá inequívocamente una serie de diferencias especialmente llamativas en lo arquitectónico y en cuanto a equipamientos. 

En el año 2017 se cumplían los 150 años de la proyección del ensanche decimonónico de Gijón, uno de los tres primeros proyectos españoles acogidos a la ley de Ensanche de 1864, y el espacio vital del que suscribe. No se pudo dar mayor coincidencia para comenzar a abordar y sustentar esta investigación durante ese año, y que ahora ve la luz como 'Origen y desarrollo del ensanche de Gijón a partir de los espacios de ocio (1850-1941)' publicado en la revista Ería (1).

Conocida y analizada concienzudamente la [escasa] literatura sobre el barrio de La Arena, cala la idea del “ensanche residencial burgués”. Casi como debería pasar en el resto de ciudades españolas. Pues nada más lejos de la realidad. El estudio exhaustivo sobre la génesis y proyección del ensanche gijonés, unido al no menos profuso conocimiento de todos los espacios de ocio que existieron en Gijón, hizo emerger otra realidad que ponía en entredicho aquella vieja idea

Para ello, una vez terminado el vaciado bibliográfico y comentadas las impresiones con sus autores y otros especialistas a nivel nacional, se va incorporando el avance paralelo de la tesis doctoral en curso, para la cual se elabora una especie de atlas del espacio ocial (2) de Gijón. El conocimiento de los espacios de ocio es más y menos difícil según hayan sido tratados, conocidos/vividos; para ello las fuentes principales son los expedientes de obras y otras licencias que albergan el Archivo Municipal de Gijón y el Archivo Histórico de Asturias. Esa representación cartográfica de los espacios de ocio para la tesis doctoral ha sido fundamental para dar con esta nueva realidad, que es la hipótesis que verificamos: los espacios de ocio fueron por delante de la edificación y ocupación residencial marcando los límites del ensanche sin ocupar para dotarle a éste de plusvalor. Es decir, que no nació como generalmente se pensaba a causa de una necesidad habitacional burguesa.

¿Por qué el ensanche de Gijón es el más singular de España?

La industrialización empujó a las ciudades españolas a cambiar su modelo urbanístico debido al exponencial crecimiento demográfico, la insalubridad y estrechez viaria, definido por una trama compacta y constreñida por las fortificaciones que cercaban las ciudades del Antiguo Régimen. Este fenómeno, que se extendió temporalmente entre 1860 y 1956, generalmente, se solucionó con dos tipos de operaciones urbanísticas al objeto de descongestionar los cascos históricos y reducir las densidades poblacionales: la reforma interior y los ensanches de poblaciones (3).

En cuanto a soluciones más racionales en términos espaciales, la primera opción pasaría por abordar una reforma interior antes que proyectar un nuevo suelo urbano con la prognosis que esto significa. Algunas de estas operaciones de reforma interior se cobraron en ciudades donde la influencia de la Iglesia era importante puesto que la desamortización de Mendizábal sirvió para generar grandes bolsas de solares e inmuebles eclesiásticos de todo tamaño para su reocupación y rehabilitación –inclúyase reconstrucción y recrecimiento– (Capel, 1983; Yeste, 2004; Fernández Cuesta, 2016). Algunas de estas ciudades y sus fechas son: Zaragoza (1894), Valladolid, Sevilla, Granada, Málaga (1927), Córdoba, Valencia (1887 y 1910) e incluso Madrid (1860).

Un término medio entre la reforma interior y los ensanches fue la apertura de una vía conectada a la estación de ferrocarril; que, aunque las características del ensanche le puedan restar entidad, la legibilidad de esta operación es patente. Así sucedió en Oviedo, Vitoria, León y Valladolid, e incluso en el llamado “ensanche de Fomento”, de Gijón (Tomé, 1988; Sendín, 1999 Vilanova, 2015).

Los planes de ensanche y extensión de las poblaciones fueron el instrumento urbanístico impulsado por la burguesía industrial, sobre todo, para proyectar nuevo suelo urbano sobre los terrenos liberados de las fortificaciones. Sus principales razones eran las de adquirir nuevo suelo barato para alojar a la gran masa proletaria que recalaba en las ciudades para trabajar, cuyas residencias se concentraban en el casco histórico; así como planificar a su gusto un nuevo marco urbano de representación social y poder adaptado a satisfacer todas sus necesidades apropiándose de las mayores plusvalías posibles. Los primeros ensanches fueron los de Madrid y Barcelona, aprobados en 1860. En San Sebastián (1865 y 1882), Bilbao (1876), La Coruña (1885 y 1910) y Valencia (1887 y 1910) los ensanches atendían a unas necesidades reales de extensión urbana por la presión demográfica y la falta de espacio intramuros aunque la ocupación podía ser más o menos lenta dependiendo del grado de absorción del casco histórico, de la ocupación tras la reforma interior, y de la extensión del ensanche.

Sin embargo, en Gijón, cuyo primer proyecto data de 1863, no fue así. En 1867 coincidiendo con el derribo de las murallas carlistas comenzaron a abrirse las primeras calles en sentido sureste (1868). La edificación propiamente dicha (por lo menos dos o tres alturas) comenzó en 1877 y todavía en la década de 1940 la ocupación residencial de alta densidad apenas tenía estribaciones más allá de la mitad actual del barrio. Por otra parte, los usos residenciales fueron los que menos, la ocupación era muy miserable en cuanto a altura y densidad. Gran cantidad de solares vacíos y espacios agrícolas, y una densificación interior de las manzanas a base de ciudadelas. El contenido social era, por tanto, más proletario que burgués; y había una total carencia de espacios de ocio –incluida hostelería–, equipamientos administrativos y de poder, así como de una base comercial sólida especializada. Es decir, que a diferencia del resto de ensanches españoles, el de Gijón no tuvo una temprana función residencial ni institucional ni ocial.




Situación del ensanche, motivaciones urbanizadoras y especulación encubierta

Los arquitectos Juan Díaz y Lucas María Palacios, junto al ingeniero militar Francisco Valdés de los Ríos, diseñaron en 1867 el Ensanche de la Población de Gijón por el Arenal de San Lorenzo (40 ha.), que comenzó a trazarse y parcelarse al año siguiente. Los límites del proyecto de ensanche son la playa de San Lorenzo (N), el río Piles (E), la carretera de la Costa (S), y la calle Capua (O). Este ámbito se dividió en tres trozos, el occidental para el marqués de Casa Valdés, el oriental para Romualdo Alvargonzález y el tercero eran los jardines arbolados de La Florida –por fuera de la carretera de la Costa–. Tras el derribo de la muralla se generó un sistema perimetral de espacios públicos de tipo plaza y parque; uno de ellos, la plazuela de San Miguel, sobre la que apuntaba un baluarte, dirigió la forma de extensión radio-concéntrica en su entorno, con calles paralelas y perpendiculares en sentido O-E para generar la típica retícula. Ésta con un cierto recorte curvilíneo al frente marítimo cuya función, como la calle central Marqués de Casa Valdés, era a modo de cortavientos.

El crecimiento urbano hacia el este y no a mediodía o hacia el oeste se debió, como indica el profesor Alvargonzález, a que los terrenos del arenal eran bienes de propios del Ayuntamiento; asimismo, hacia el sur y el oeste tropezarían con los intereses privados de importantes familias propietarias.

Todavía a finales del siglo XIX la ocupación edificatoria no sobrepasaba el entorno de la plazuela de San Miguel, teniendo en cuenta además que la volumetría no excedía las dos o tres plantas. Esta lentitud ocupacional se debía por un lado a esa “falta de técnicas de reforma interior”, puesto que el sector del Plan de Mejoras (ensanche jovellanista), contaba con una importante reserva de suelo urbano desocupado para potencial vivienda burguesa, los recrecimientos se sucedían en este ámbito y los glacis y áreas de servidumbre de la cerca también suponían una buena reserva de suelo sin ocupar –nunca se llegó a plantear–. Desde las postrimerías ochocentistas ya se vienen viendo los primeros fines especulativos. La burguesía seguía ocupando el sector central de la ciudad, mientras tanto se iban marcando los ángulos y alineaciones de las manzanas del ensanche para que no variasen bajo ningún concepto ni ante cualquier rectificación del proyecto, al efecto se hacían pequeñas casas de planta baja para delimitar manzanas o ángulos.

La siguiente y más característica forma de especulación encubierta de Gijón fue la construcción alegal de ciudadelas y la situación perimetral de grandes espacios de ocio, que se conectaban con el centro urbano y el ensanche mediante el tranvía de Somió. Muchos de los accionistas de la Compañía de Tranvías eran compartidos en los nuevos espacios de ocio y sus sociedades. Y también tenían intereses privados en la propiedad del suelo de dentro del ensanche. Las ciudadelas son la forma de densificación interior de naturaleza obrera sobre los patios de manzana, empleadas estas autoconstrucciones colectivas por los dueños de las manzanas y los edificios circundantes con fines netamente crematísticos (3).




Los espacios de ocio ejercían un efecto pantalla sobre los equipamientos de rechazo existentes dentro y en los límites del barrio. El arenal de San Lorenzo era un lugar inhóspito y nada atractivo para habitar, incluso el uso de la playa generaba miedo a la población (hasta 1874). El grado de fijación de alineaciones y el resultado de la trama compacta y falta de espacios verdes que hoy padecemos, se debe a estos intereses privados.

En la década de 1940 con todo un sistema de espacios de ocio perimetrales se había puesto límite al crecimiento definitivo del ensanche. Sin embargo, la ocupación residencial en sentido edificatorio y denso, apenas rebasaba las calles la Playa y Menéndez Pelayo. No fue hasta la década de 1970 cuando se terminó de edificar en altura y densidad el barrio, llegando por fin hasta la avenida de Castilla. Treinta años antes ya se había trazado por el este el parque Isabel la Católica. Los espacios de ocio empujaban el crecimiento urbano de forma unidireccional y se construían décadas antes de haber llegado a sus respectivos puntos la ocupación residencial.






Los espacios de ocio como directores del proceso ocupacional

El primer gran espacio de ocio al que nos referimos es La Florida (1853), un espacio reservado en la subasta de terrenos para el solaz público. En 1873 el propio Ayuntamiento se lo concedió a la sociedad privada los Campos Elíseos, que lo privatizó. En 1876 se proyectó un teatro-circo con uno de los mayores aforos de España y el mayor de Asturias. Estos terrenos albergaron desde la exposición Regional de 1899, hasta velódromo, restaurante, pista de baile, pista polideportiva, etc. En 1875 se inauguró el paseo ajardinado de Begoña, que, junto a los Campinos, fue el espacio colector de los festejos veraniegos populares y los primeros espacios de representación de varietés (teatro, cine, cuplé, etc.). En Begoña también se puso una plaza de toros provisional y un quiosco de la música. La playa de San Lorenzo hasta que comenzó a utilizarse en 1874 no generaba nada de seguridad, más bien molestia al carecer de muro de contén y paseo marítimo. En esa fecha se trasladó la actividad talasoterápica y balnearia, que no hizo sino privatizar el arenal. Al mismo no se podía acceder, no había más accesos que las pasarelas y taquillas de los balnearios –previo pago–. La playa comenzó a popularizarse en la década de 1910 debido a la construcción del paseo marítimo, la progresiva subida salarial de la prole y a la inauguración del Real Club Astur de Regatas (Suárez-Muñiz, 2016).

En 1888 se inauguró la discutida plaza de toros de El Bibio, que tenía un aforo para acoger a la tercera parte de la población gijonesa. Hasta la década de 1940 todavía era un espacio de ocio de titularidad privada. En la actual calle Emilio Tuya se hizo entre 1893 y 1895 un velódromo particular por parte los hermanos De la Cuesta en la huerta de su casa, aunque era de uso público para la promoción del deporte y el ejercicio físico entre los aficionados. En la vega del Piles, sobre la finca El Molino de Romualdo Alvargonzález, se conocen los primeros partidos de futbol en el campo denominado El Molinón –el más antiguo de España–. En terrenos de Alvargonzález también se proyectó el mayor parque de Asturias –hasta los años ‘70– y el gran pulmón urbano de la ciudad; el parque Isabel la Católica (1941) fue una ejemplar obra de regeneración urbanística secando aquel viejo espacio lacustre y de enterramiento. Estos dos espacios de ocio reflejan la preferencia por dicha naturaleza en lugar del uso residencial en retícula hasta la vega del Piles.

En 1910 y 1911 se instituyeron los dos primeros clubes de tenis de Asturias, los cuales tenían su cancha de juego en los terrenos de La Florida y junto a la plaza de Toros de El Bibio. Además del estadio El Molinón, aparecieron otros tres campos de futbol rodeando el ensanche del arenal de San Lorenzo; la explanada de El Bibio junto al Club de Tenis fue el segundo campo de juego conocido en la ciudad (1904-1905); en 1919 se cerró la parcela del campo de futbol Jovellanos en la calle Premio Real, que desapareció en la década de 1940 y no fue edificado su solar hasta 1968; en 1934 se proyectó el campo de La Florida en paralelo a la calle Alarcón cesando su actividad en 1957. Por último, el Grupo Covadonga, que es la actual entidad socio-deportiva privada con mayor masa social de Asturias, comenzó su andadura en 1935 en una finca de la calle Emilio Tuya junto a la fábrica del Gas. Albergaban estas instalaciones un campo de deportes polivalente, canchas de tenis, frontón, bolera, circuito de atletismo, etc. En 1975 esta manzana fue sobre-densificada.

Conclusiones

Unos terrenos litorales sacados a subasta pública en los inicios de la industrialización gijonesa atrajo a la burguesía ennoblecida a adquirir suelo circundante al ensanche para dotar a éste de plusvalor. Un suelo llano y barato alejado de toda normativa urbanística donde crearon sus grandes espacios de ocio privados. La movilización de cientos de pasajeros por parte del tranvía Gijón-Somió servía para generar buenas expectativas de habitabilidad en el nuevo suelo urbano; la Compañía de Tranvías tenía los mismos intereses especulativos que los accionistas de las demás sociedades ociales que unía (La Florida, la plaza de toros, los campos de futbol, clubes de tenis).

La innecesidad habitacional extramuros se demuestra indiscutiblemente, como verifican las licencias de construcción expedidas y la cartografía. Cuando en la década de 1940 no se había llegado a una ocupación consolidada de la mitad del ensanche, todavía se seguía construyendo en el sector del Plan de Mejoras (intramuros). Hasta las décadas del desarrollismo se puede ver cómo una gran cantidad de manzanas de la mitad oriental, no tenía usos residenciales. Cuando el parque de Isabel la Católica marcó el límite oriental del barrio en 1941 por la avenida de Castilla, la edificación en altura no terminó en este punto hasta tres décadas después. Es decir, la ocupación del ensanche de Gijón en el sentido residencial duró un siglo.

En definitiva, el barrio de La Arena a diferencia de otros ensanches españoles, experimentó siempre antes una ocupación ocial e industrial que residencial, y nunca administrativa ni de poder. Este letargo urbanístico se produjo voluntariamente mediante los distintos fenómenos especulativos aludidos, siempre ante la ausencia de espacios verdes y de ocio. Por ejemplo, nunca se proyectó un cine ni un teatro en el ensanche como en el resto de ciudades españolas.



* Rafael Suárez Muñiz es geógrafo-urbanista. Trabaja como freelance en la consultoría Estudios Urbanos. Actualmente doctorando. Ha obtenida la beca de investigación ‘Ramón de la Sagra’ otorgada por la Fundación Alvargonzález. Colaborador del diario El Comercio.




Créditos de las imágenes

01_Situación del barrio de La Arena. Terrenos dedicados a ensanche. Foto: elaboración propia a partir de Google Earth 3D.

02_Palacete de Alejandro Alvargonzález (1888). Vestigio del primer caserío burgués ochocentista fijando la alineación de la calle Capua con el paseo marítimo. Foto: Rafael Suárez. Fecha: febrero de 2016.

03_Única vivienda unifamiliar existente en el ensanche. Chalet de los años ’50 inserto en un patio de manzana rodeado por la moles desarrollistas. Foto: Rafael Suárez. Fecha: julio de 2014.

04_ Sector oriental del ensanche de La Arena y El Bibio. Son numerosos los espacios agrícolas y las manzanas dedicadas a usos no residenciales. Fecha: anterior a 1954. Archivo del Ejército del Aire-CECAF.

05_ Espacios de ocio perimetrales al ensanche hacia 1913. 1. Balneario La Favorita; 2. Balneario Baños de Ola; 3. Teatro y café Dindurra; 4. Salón Doré; 5. Cine Versalles; 6. Teatro-circo Obdulia; 7. Velódromo de los hermanos Cuesta; 8. Plaza de toros de El Bibio; 9. Club de Tenis; 10. Estadio El Molinón. Se puede ver el recurso de fijación de alineaciones mediante pequeñas construcciones en muchas de las manzanas. Elaboración propia a partir del Plano de Gijón (1915), de Miguel García de la Cruz (5).



Notas

(1) SUÁREZ MUÑIZ, R.: “Orígen y desarrollo del ensanche de Gijón a partir de los espacios de ocio (1850-1941”, Ería, vol. 1, 2018, pp. 99-113. Disponible en red.
(2) Ocial: relativo a ocio. Término aceptado por la RAE en consulta ejecutada por este autor.

(3) Todas las citas de párrafo, al pie, y fechadas entre paréntesis consúltense en el artículo original de Ería.

(4) Explicación al fenómeno de las ciudadelas: si establezco unos anodinos límites a mis manzanas para que después de décadas se me revalorice el suelo y pueda aumentar la volumetría en demasía, y además plago el interior de las manzanas de viviendas de uso colectivo sin servicios ni suministros, y cobro una renta –semanal– por un espacio improductivo, las ganancias serán más que pingües en el futuro. La burguesía apenas trasladaba sus residencias –unifamiliares– al ensanche, de hecho se quejaba de ese contenido social oculto en las manzanas como núcleo de insalubridad.
(5) Este plano había sido reproducido anteriormente sólo parcialmente (por barrios) en las obras reseñadas de Moisés Llordén (1978) y Piñera Entrialgo (2001), y en una foto oblicua del original en la obra conjunta de Héctor Blanco, Javier Granda y María Fernanda Fernández (2006). Su actual tenedor, el catedrático Moisés Llordén, permitió una reproducción fotográfica cenital del mismo para obtener el cartografiado más perfecto y completo conocido hasta la fecha — aquí se reproduce el extracto objeto de estudio-. Original facilitado por Moisés Llordén. La fecha del plano que figura en las publicaciones antes citadas es de 1915, pero puede advertirse que es incorrecta; el pabellón de Santa Catalina del Club de Regatas se construyó para el verano de 1915 a cambio de la cesión de la batería de San Pedro por Real Orden. La fecha correcta sería hacia 1913, puesto que todavía aparece la citada defensa militar y unas pequeñas construcciones que podrían ser las terrazas desmontables que se instalaron en las regatas de 1913 para la contemplación de las pruebas.

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