La ciudad que finiquitó su espacio público

Cuando circulamos por una ciudad actualmente solo podemos hacer eso: circular. A pie, en bicicleta o en bus. O en coche, o en moto. ¿Pero qué pasa cuando no queremos circular, si no permanecer, 'simplemente' estar? A cualquiera que haya tenido que esperar a otra persona en un sitio concurrido habrá experimentado esta sensación: no saber dónde ponerse. Primero te tienes que salir de las 'corrientes' de circulación de los peatones de la acera, que pueden ser cauces naturales, puede ser la salida de una boca de Metro, portales de viviendas, garajes, en los alrededores de una parada de bus o tranvía, en las entradas de los comercios, etc. Quitando esas zonas, el espacio que queda libre en la acera es cada vez más pequeño según nos vayamos acercando al centro.

Además, a este pequeño reducto de espacio público para estar (parados), tenemos que restarle el ocupado por la comercialización de nuestras calles: los escaparates, las terrazas de bares, los alrededores de kioscos, los estacionamientos ilegales de motos o bicicletas en las aceras… ¿Qué nos queda? Un minúsculo espacio en medio de la acera, sin poder apoyarnos en nada y como teniendo que justificar que estamos allí solo esperando a un amigo. Disculpadnos por no circular, por no consumir.

Claro está que hay lugares para ‘permanecer’ en la ciudad, lo que podemos llamar como lugares estanciales. Parques, bulevares y otros espacios verdes que permiten al peatón ‘descansar’ unos minutos antes de volver a circular o consumir. Pero ¿es justo que los peatones no puedan permanecer parados en la vía pública fuera de esos espacios acotados? Hace un tiempo, el periodista Marcus Hurst se preguntaba en Yorokobu dónde se podría comer un bocadillo en el centro de Madrid. Acudía a famosas plazas, muchas de ellas recién remodeladas, con aires modernos y de estética cuidada, pero donde no había sitio físico para estar parado. O el que había reservado no estaba acondicionado para que realmente estuviera una persona parada allí. Hablamos de asientos individuales a pleno sol, bordes de macetas a la sombra con barreras para sentarse, bancos demasiado cerca del asfalto y expuestos a ruido, polución y demás ‘atractivos’.



Hoy nos preguntamos algo parecido, pero incluso más sencillo: ¿hay realmente espacio para estar en la ciudad? Lo que verdaderamente se llamaría espacio público, aquel en el que se pueden desarrollar actividades de la esfera pública, el que construyen comunidad. De nuevo, si nos salimos de espacio acotados –incluso vallados- para tal fin, vemos que son muy escasos. Los que mejor estaban configurados para ello se han llenado de instalaciones dedicadas solo al lucro, anteponiendo la actividad comercial de unos a la vida urbana de todos. Un ejemplo paradigmático de esto puede ser la plaza de Callao en Madrid. Pero no es el único: las denominadas plazas duras –aquellas que son diseñadas como explanada de piedra, sin acomodamiento como bancos o sombras para estar- se encuentran en cualquier barrio o capital. Busquen. Por eso decimos que no solo hay que poner la vista en terrazas de hostelería si no en muchos otros ejemplos donde –con licencia municipal o sin ella- se usa el espacio público para obtener beneficios privados.

La Navidad, rebajas en la comercialización de las calles 


Navidades es una de las épocas en las que más se nota el poder que tiene cada cuál sobre el espacio público. Si bien es cierto que cada vez hay más propuestas municipales por concederle el espacio al peatón que merece –aumentando y mejorando el espacio de las aceras-, también es verdad que las plazas, ramblas y parques se ven ‘ocupados’ por casetas y puestos que nada tienen que ver con la ciudadanía que suele habitar estos espacios. Hablamos de los mercadillos navideños, que si bien es cierto que son un foco de atracción de los viandantes, pocas veces compensa económicamente a la ciudad. Hace unos años, se hacía un recopilatorio de cuánto ingresaba el Ayuntamiento de Madrid gracias a estos comercios temporales en plazas como la de Benavente o Santo Domingo en estas entrañables fechas: el resultado era muy escaso para las arcas públicas. “En total, solo 360.000 euros. Otra cosa es la actividad comercial que generan los mercadillos o la animación que insuflan a esos lugares. Pero el precio lo pagan los vecinos, despojados de unas plazas a las que ya antes se ha desnudado de bancos, árboles o zonas infantiles. ¿Vale la pena?”, se preguntaba su autor, Bruno García Gallo.

Siguiendo con la Navidad y el ansia de consumo de estas fechas, tenemos que caer en la premisa anterior: ¿la calle es para estar, para ir de un sitio para otro, o ambas cosas? Por las medidas que se han tomado últimamente para reforzar la presencia peatonal en las calles podríamos decir que son solo para ir de una tienda a otra. Ante las polémicas de las calles unidireccionales para peatones, no existen a penas políticas para mejorar los lugares donde habitar en la esfera pública. Espacios cuya principal misión sería –como indica Manuel Delgado en su artículo El espacio público no existe- la “coexistencia pacífica y armoniosa de lo heterogéneo de la sociedad, marco en que se supone que se conforma y se confirma la posibilidad de estar juntos sin que, como escribiera Hannah Arendt, "caigamos unos sobre otros". Pero, ¿y si esa visión del espacio público, no solo no fuera compartida por el los poderes políticos y económicos, sino que incluso fuera indeseable para sus intereses?

La plaza y los movimientos


Pues sí, parece que algo como estar en la calle es contemplado por muchos como algo rechazable. Esta afirmación no solo la sacamos de la ausencia de protección de la vida en el espacio público si no de normativas que limitan qué podemos hacer en la vía pública (como jugar) y que incluso se quiso incluir en la polémica Ley Orgánica de protección de la seguridad ciudadana (más conocida como Ley Mordaza) la prohibición de la práctica deportiva en estos espacios de todas las personas. Por un lado hablamos de vida sana y activa de los más jóvenes, pero por otro le ponemos trabas para que cambien la videoconsola por un balón.

A esto se une –no sabemos si en el inconsciente de algunos legisladores o en las estrategias más meditadas- que los lugares donde en los últimos años se han fraguado los movimientos populares de descontento contra el poder han sido en espacios públicos para estar: las plazas. Todos recordamos la puerta del Sol en Madrid con el nacimiento del 15M o la plaza Syntagma de Atenas, donde los indignados griegos retaban a la troika europea. Pero hay mucho más. Las plazas no solo se convierten en referentes de lugar para concentraciones, si no que muchas veces son defendidas frente a la especulación convirtiendo esa propia defensa en un movimiento. Cerca de aquí tenemos las acciones vecinales del barrio Gamonal en Burgos –donde rechazaba de forma masiva la modificación del bulevar central, entre otras cosas, por la reducción del espacio peatonal que suponían las obras- o, más lejos, el parque Taksim Gezi en Estambul (Turquía) y el Cocó en Fortaleza (Brasil). Todos casos que se sintieron unidos por las redes sociales, creándose hermanamientos y el llamado #efectoGamonal impulsando a la lucha colectiva

Rigor metodológico y voluntad política


Precisamente, la esfera digital ha permitido redefinir y ampliar el concepto de espacio público, como un lugar híbrido producido en una retroalimentación constante entre lo físico y las dinámicas de la red ('espacio público 4.0'). De esta manera se añaden capas de significación y socialización al concepto de espacio público. Pero son todas estas nuevas realidades las que nos empujan, no solo a la redefinición del espacio público como infraestructura de bien común, sino a repensar la manera en la que podemos intervenir en ellas. 

Y es precisamente en esta tensión entre estas realidades contrapuestas (privatización-politización, físico-digital) donde, a quienes nos dedicamos al diseño urbano y al urbanismo, donde nos toca actuar. Y ante esta situación no cabe más que reivindicar la idea de negociación urbana para la transformación colectiva del espacio público. Una idea que se encuentra en el centro del desarrollo de la metodologías como la de la Triple Dimensión, proyectos como el diseño colaborativo para la reforma de los parques JH y Pradogrande en Torrelodones o Calles Completas.

Indudablemente, los retos que este planteamiento son grandes, pero no por ello imposibles. Para esto hay dos ingredientes imprescindibles: el rigor metodológico y la voluntad política. No en vano insuflar vida urbana a los espacios públicos de nuestras ciudades debería constituir una prioridad en las agendas políticas y profesionales. De lo contrario, la distopía urbana de la 'ciudad Black Friday' dejará de ser una pesadilla para convertirse en una inalterable realidad.

Créditos de las imágenes
01- Perosnas circulando por un paso de peatones (fuente: Ana NR)
02- Imágen aérea de la plaza de Callao de Madrid, un ejemplo de 'plaza dura' (fuente: Historia Urbana de Madrid)
03- La Plaza Mayor con las casetas del mercadillo navideño ocupando el espacio público (fuente: Navidad.es)
04- Plaza Syntagma en Atenas en 2011, con cientos de ciudadanos protestando en este lugar contra el gobierno griego (fuente: La Nación)

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