Por qué nos merecemos las ciudades que tenemos

por Iñaki Romero Fernández de Larrea



El hombre del puro duerme plácidamente, sin quererlo deja caer sobre la tarima del estudio la ceniza seca de su cigarro. Junto a él, un caballero alargado de bigote poblado escucha atentamente, le interesa la Arquitectura dice.

En total un grupo de unos veinticinco. Algunos trabajan como labradores, comerciantes o funcionarios; la mayoría son empresarios de la construcción, de la industria o de la alimentación.
Todos tienen algo en común, una parcela en ese recóndito municipio a las afueras de esta gran ciudad cuyo suelo acaba de nombrarse urbanizable en el P.G.O.U., bueno, eso, y ni la más mínima idea de cómo debe pensarse, proyectarse o construirse un nuevo barrio para que sea ‘habitable’.

Delante de ellos sobre una mesa ovalada de madera pulida se encuentra un séquito de expertos. Cada uno, por turno, argumenta mediante imágenes y discursos las razones que les han llevado tras tres meses de duro trabajo a la conclusión de que este proyecto que presentan es el mejor barrio posible para este sector, de acuerdo con las normativas, condiciones y factores que influyen en él.



Entre estos se encuentra un biólogo con treinta años de profesión de planeamiento a sus espaldas, tres ingenieros de caminos pertenecientes a la mejor empresa de ingeniería del mundo, un catedrático de urbanismo, cinco arquitectos y una figura de renombre mundial coordinando todo el proyecto para conseguir que esta nueva ciudad sea sostenible, densa, policéntrica, de actividades solapadas, ecológica, igualitaria y abierta.
Este es, sin duda, un buen paso para conseguir una ciudad mejor, pero no el más importante. Veamos.


Una vez concluida la exposición, el comité de diseñadores se mira y espera el veredicto. Lo han hecho bien, no hay agujeros en su razonamiento, pero saben que aún queda la parte más complicada del proceso: el beneplácito de ‘los propietarios del suelo’, grandes profesionales de su oficio, pero desconocedores de la práctica urbanística (salvo en su parte de beneficios económicos, claro) y sin embargo, a menudo, árbitros, promotores y creadores de la ciudad.
Tras unos instantes de incertidumbre, la sesión concluye, todos se levantan satisfechos, sintiéndose responsables de un trabajo bien hecho. De pronto uno de los representantes de los ‘propietarios del suelo’ se acerca al coordinador del proyecto e interrumpe confundido: ”Disculpe, ¿dónde dice que vamos a hacer el almacén?”. Se crea instantáneamente un silencio general acompañado de caras de temor, a lo que él mismo aclara: "Sí hombre, el Centro Comercial”.




Para no caer en esta situación, resulta necesario pensar que las ciudades no son de sus autores, ni de sus propietarios, ni de sus constructores. Son, en todo caso, patrimonios mundiales, focos y centros de actividad, de cultura y de Historia. Y que deberían ser, por tanto, promovidas, ideadas, y llevadas a la práctica para el bienestar de Todos.

Para no pertenecer a los que más paguen por ellas o más beneficio puedan sacar de ellas, como ocurre con casi todo.



Imágenes:
1.Madrid Xanadú, 2.Plaza Norte 2 y 3.Parque Oeste Alcorcón. Tres de los enormes Centros Comerciales y Áreas de Grandes Superficies que existen en las inmediaciones de Madrid. Gigantes comerciales que monopolizan el mercado obligando al uso del automóvil, vaciando de vida los centros urbanos y generando espacios monofuncionales.





Iñaki Romero Fernández de Larrea es estudiante de quinto curso de Arquitectura en la Universidad Politécnica de Madrid (ETSAM)


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