Resonancia Urbana

por 'la de la cara blanca'






Fue entonces cuando me eché a andar. Mi motivación: la de siempre. Lo de hoy: lo de siempre. Mis pasos eran casi militares y su sonido rebotaba contra las fachadas que lo constreñían primero para vomitarlo después en cada cruce. Esto, me era familiar, no… cotidiano, tanto que para mí ya pasaba desapercibido, sin embargo, esta vez, algo cambió. Mis pasos se aceleraron. Al principio suavemente, después fueron alcanzando un ritmo frenético, acompasados, constantes, milimétricos, como un metrónomo…

Me concentré en ellos.

Mientras tanto dibujaba en mi cabeza el movimiento de mis músculos, los de mi cuerpo… por ejemplo los muslos, se tensaban y destensaban rítmicamente produciendo una vibración sincronizada con la de mis mejillas. Una y otra vez, una y otra vez, tic, tac, tic, tac, tic, tac… También veía el giro de las articulaciones, los tendones cambiando de longitud y las turbulencias del aire a mi paso por la calle. Se colaba entre mis dedos y entre el pelo de mi flequillo y mis pestañas… es verdad que la noche era fría, igual por eso me llamó la atención.

Seguí avanzando.

El sonido cobró protagonismo y se transformó en la Madame Butterfly de mi representación…Era una repetición inacabada que necesitaba llegar a su fin pero que nunca alcanzaba. Ahora ya no sólo sonaban mis pasos, sino que los personajes secundarios entraron en escena: oía como crujían las fibras de mis tejidos y a mis pulmones trabajando perfectamente sincronizados con los golpes contra el suelo.
El camino de vuelta a casa era, o me lo parecía, una línea recta perfecta. Tuve suerte, nada iba a interrumpir mi pequeña sonata. Los semáforos en verde y nadie que me acompañara. La calle, la gente y yo nos sincronizamos, tic, tac, tic…

Algo cambió.

Lo que me rodeaba empezó a transformarse, la acera, el asfalto, ya no eran duros, impenetrables… ¡ya no eran un límite! Ya no era un cuarteto de cuerda lo que sonaba, sino una orquesta sinfónica al completo, ¡con piano de cola y todo! Las baldosas de cemento de la acera empezaron a vibrar, se desplazaban de su posición habitual para después recuperarla una y otra vez. Las farolas sobre la acera eran como ondas de luz que me iluminaban por completo, o lo dejaban todo en completa oscuridad. Los peatones desconcertados se agarraban a lo que podían, era un movimiento acompasado del que yo era el epicentro y nunca paraba. Las vibraciones de las calles que en principio solo yo percibía fueron creciendo, hasta que el asfalto se transformó en un torrente en su máxima crecida… Todo se movía, se balanceaba, era un proceso imparable, repetitivo, infinito… increíble.

Yo no paré.

Mis pasos, para mi sorpresa, mantuvieron su ritmo. Y todo a mí alrededor encajaba en un hueco de la sinfonía que componíamos. Era la más perfecta de las sinfonías que jamás había oído.

Y no paré.

Alguien desafinó, creo que fui yo… Mi tobillo se arqueó demasiado tarde, imperceptible para la mayoría, no para mí. Un error que provocó el desastre. Entonces los movimientos empezaron a producirse sin un patrón, descontrolados. Se alejaban del ritmo alcanzado y cada uno a su manera, el asfalto por un lado, las aceras por otro, los ladrillos de las fachadas, mi mano izquierda, mi vientre… Ya no era yo quien provocaba el movimiento, no era ya quien lo controlaba.

Me envolvió.

Lo intenté parar, intenté frenar, pero todo, todos habíamos entrado en una resonancia indescriptible, incorruptible. Y me dejé llevar. Todo a mi alrededor giraba, subía, bajaba, sonaba, gritaba, desaparecía…
Era el caos.

Llegó una nueva sensación.

Algo que desconocía me invadió y se me apropió. Ahí estaba yo… en medio del mayor de los caos que jamás haya conocido cuando una especie de calor suave se filtró en mi piel. Mis músculos se relajaron, el ritmo desapareció y todo entró en calma .También mi cuerpo empezó a irradiar calor…

Lo entendí todo.

Un par de chavales que habían estado en todo momento a mi lado, me tendieron su mano y me ayudaron a levantarme. Sacudí el polvo de mis pantalones, a la altura de las rodillas, acumulado por el golpe asestado y continué escalando uno a uno los peldaños de la escalera mecánica. Coroné la cima recapacité y entendí.

Todo había acabado.



'la de la cara blanca' es un seudónimo que utiliza quien ha escrito este relato

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