LAS VEGAS: el éxito del exceso

por Daniel Díez Martínez



“La idea popular de Las Vegas es la de un lugar glamouroso donde puedes permanecer despierto toda la noche y donde las bailarinas no llevan top. La ciudad es el verdadero espectáculo”.
STEVE WYNN, propietario de casinos




Por mucho que se trate de proyectar la sana imagen de La Capital Mundial del Entretenimiento, Las Vegas siempre será más conocida como una gran metáfora de la corrupción, la bancarrota de los valores sociales y el capitalismo más desatado. Apuestas, prostitución, espectáculo y la inmoral filosofía del “todo está en venta” en su más desenfrenada expresión, han hecho de la ciudad un irresistible capricho para escritores, cineastas, arquitectos, gangsters, turistas y, por supuesto, jugadores.

Las Vegas fue fundada como un pueblo de parada ferroviaria en 1905, cuando una estación de tren se erigió en mitad de la nada, en el desierto del Mojave, en la línea que unía Los Angeles y Salt Lake City. A pesar de haber celebrado recientemente el centenario de la ciudad, muchos coinciden en que hay que esperar a la legalización del juego y del alcohol en el estado de Nevada en 1931, derogada la Ley Seca del congresista Volstead, para atender al verdadero nacimiento de la ciudad.


Al amparo de los indulgentes legisladores federales, y con el desierto y sus buitres como mejores confesores, un pueblo perdido en el interior de Estados Unidos se convirtió en el lugar más propicio para los criminales y sus negocios, que emigraban por docenas de ciudades como Chicago o Nueva York, donde la competencia era un asunto de vida o muerte (literal). Uno de ellos, Benjamin “Bugsy” Siegel, de Brooklyn, decidió aumentar sus beneficios y abrió el Hotel Flamingo en 1946, creando una exitosa y revolucionaria fórmula de ocio que ha venido repitiéndose hasta nuestros días.


El combinado de entretenimiento era tremendamente sencillo y eficaz. Se trataba de dar al cliente lo que “Bugsy” denominaba una “experiencia total”, y no sólo juego y apuestas. Así, el Flamingo fue el primer establecimiento de Las Vegas en aunar un casino y un extravagante hotel de lujo con maravillosas piscinas como oasis en el desierto, así como habitaciones con aire acondicionado. Disponía de amplias y excesivamente iluminadas zonas de juego que invitaban y hacían perder la noción del tiempo al jugador, así como mantenían lejos a estafadores y demás tramposos. Y cuando el infeliz apostador se cansaba de perder su dinero, podía relajarse viendo un picante espectáculo de bailarinas en los salones del hotel. El Flamingo fue el primer edificio en brindar todos estos servicios juntos.



Foto 1: El Flamingo, hogar de la “experiencia total” de “Bugsy” Siegel




Muerto en un tiroteo sólo un año más tarde de que el Flamingo fuera construido, la “experiencia total” de Bugsy había calado hondo en Las Vegas: docenas de casinos-hoteles se establecieron siguiendo sus sabias enseñanzas, comenzando una nueva era en la ciudad. Una nueva era también marcada por el comienzo de la invasión de los sindicatos del crimen, que mantendrían su hegemonía durante décadas. Eran los años 50 y 60, y mientras Sinatra y sus amigos de la Rat Pack pululaban sonrientes de hotel en hotel, un incontrolable y gigantesco desarrollo urbano financiado por la Mafia hicieron de la calle Fremont, en pleno centro de la ciudad, un peligroso a la par que tentador punto para ir a probar fortuna con la ruleta.

Conocida en todo el mundo como una vibrante avenida de luces de neón, la calle Fremont podría considerarse el lugar de nacimiento del juego. Se trata de un escenario urbano excesivo y exuberante, casi marciano. “Una cosa que parecen haber olvidado en las escuelas de arquitectura es que en este siglo [el XX] descubrimos la electricidad”, asegura el arquitecto francés Jean Nouvel. Sin embargo en Las Vegas, legiones de diseñadores de neones e interiores, ingenieros pirotécnicos y arquitectos (también de éstos, qué le vamos a hacer) trabajaban vistiendo los edificios de los casinos con ingeniosos sistemas de enmascaramiento, para ocultar así su vasta escala y simpleza formal. Ni rastro de acero, ladrillo u hormigón: la luz era el único material de construcción admitido. Apoyado en estos parámetros, Las Vegas se convierte en el más alto exponente del diseño eléctrico: un salvaje espectáculo sensorial que diluye las fronteras entre el día y la noche, el bien y el mal, o la riqueza y la ruina.


Estos viscerales parámetros de diseño dan lugar a la construcción del cartel del Flamingo, inspirado en las sensuales formas del cuerpo de una voluptuosa bailarina; o a la tentadora y brillante marquesina del Circus, Circus. Siguiendo con esta tendencia a la atracción del cliente mediante el neón se diseñó la deslumbrante fachada de paneles de espejo del Golden Nugget; como también el gigantesco vaquero digital del Binion’s Horseshoe. Este exceso eléctrico luminoso se puede llevar aún más lejos si nos damos un paseo por la llamada Fremont Street Experience, una calle peatonal y encerrada en una bóveda de cañón fabricada con paneles de LED que ofrece periódicamente espectáculos de luces.



Foto2: Los luminosa arquitectura de neón de la calle Fremont diluye los límites urbanos más fundamentales, creando uno de los escenarios metropolitanos más estimulantes del planeta





Si la calle Fremont funcionaba como el típico bazar de las medinas de las ciudades árabes, donde los objetos a vender (en este caso, los casinos a los que entrar a jugar) están al alcance del cliente a ambos lados de la calle, en los años 80, y totalmente opuesto, aparece el Strip. Esto es, una gigantesca avenida que funciona como un centro comercial: grandes carteles que anuncian al conductor qué va a encontrar en cada tienda (hotel casino en Las Vegas).


Es tras la gran expansión urbana de finales de los años 70 cuando surge el Strip, que tomará ventaja de la mayor superficie de la que dispone para construir casinos, frente a la constreñida calle Fremont. Así, el Strip será invadido por un bizarro catálogo de gigantescos complejos hoteleros temáticos, con una clara orientación para todos los públicos. Las Vegas deja de ser una ciudad para elegantes dirigentes del hampa, estrellas de dudoso corte moral y demás golfos, para convertirse en una especie de Disneylandia de máquinas rigurosamente engrasadas para dejarse los ahorros.


En este contexto aparecen los hoy ya míticos resortes de ocio como el Excalibur, el Luxor o el Treasure Island, modelos que ofrecen juego, comercio, lujosas instalaciones y entretenimiento: exactamente la misma fórmula del Flamingo de los años 40 del señor Siegel.


A partir de los años 80, espectáculo, actuaciones y arquitectura temática de escala monumental reemplazan a los ajados carteles de neón que años atrás representaban el encanto de la capital del juego. No cabe duda de que el mundo de las apuestas y el entretenimiento estaban forjando una nueva y sinérgica relación, dando lugar al escenario urbano más extraño de todo nuestro planeta. Así, nos encontramos con el grosero estilo polinesio del casino The Mirage, abierto en 1989, que eligió unos decorados paisajísticos de motivos selváticos, así como un descomunal volcán de 30 millones de dólares en su exterior que entra en erupción regularmente. New York, New York, inaugurado en 1990, trajo una imponente versión del skyline de Manhattan al desierto de Mojave, así como una montaña rusa que atraviesa el hotel. E incluso más original resulta el pirata Trasure Island, acabado en 1993, con una atracción callejera en la que se representa el hundimiento de un galeón y una fiera batalla naval entre corsarios.


El mensaje es obvio: la tipología edificatoria de hotel-casino necesita un componente de entretenimiento de alto voltaje. Se recurre a tópicos temáticos de la cultura popular para atraer al jugador y al turista. Así, los aburridos edificios donde éstos se alojan pasan a ser el telón de fondo de la verdadera arquitectura de Las Vegas: sean castillos medievales, volcanes, barcos pirata o montañas rusas. Es curioso como en mitad del desierto de Nevada, con sólo polvo y cactus alrededor, una gran ensalada de cultura de teletienda representa una especie de sinopsis del mundo entero. Digamos que si una persona dispusiera tan sólo de un día de vida y no conociera nada del mundo, tal vez Las Vegas fuera el destino perfecto para llevarse al otro barrio una descafeinada (aunque muy excitante) visión de nuestro planeta.




Foto3: La extravagancia kitsch de la “cara pública” de los resortes del Strip contrasta enormemente con la cara trasera: enormes superficies dedicadas al estacionamiento de automóviles, como transición al severo desierto del Mojave



Robert Venturi declaraba en su ensayo Learning From Las Vegas, escrito en 1972, que la ciudad “reivindica el referente vernáculo de la cultura popular Americana. […] Acepto la falta de lógica y proclamo la dualidad. [Las Vegas] defiende la riqueza de significado frente a la claridad”. Detrás de estas aparentemente frívolas palabras, Venturi postula la existencia de un significado oculto en esta arquitectura de un mal gusto tan denodado. Este paródico cocktail de alta y baja cultura tan sumamente contagioso sentó, con toda seguridad de forma involuntaria, los cimientos del Posmodernismo más hilarante al menos una década antes que los primeros diseños de Michael Graves, Charles Moore o James Stirling.


Foto4: La mezcolanza de referentes culturales populares convierte y determina hasta tal punto el paisaje de Las Vegas, que se puede hablar de un estilo arquitectónico propio y único de la ciudad, donde todo vale si al cliente le gusta.


Ojalá que el día tuviera / Más de veinticuatro horas / Porque aunque tuviese cuarenta más / No perdería un minuto durmiendo”, que cantaba Elvis Presley en aquel clásico, 'Viva Las Vegas!'. ¿Es Las Vegas el futuro y salvación de la ciudad y la arquitectura o simplemente la mayor mentira jamás construida? Dale al pueblo lo que el pueblo quiere y los números hablarán por sí solos: Las Vegas es, sin ningún tipo de duda, el mayor monumento urbano al instinto básico y al gusto popular jamás construido.



Daniel Díez Martínez es estudiante de quinto de Arquitectura en la Universidad Politécnica de Madrid (ETSAM)


Creative Commons License


Esta
obra está bajo una
licencia de Creative Commons.

2 comentarios:

  1. Dani, tengo que decir que este texto que nos has regalado me ha transportado hasta las Vegas y me he visto a mi misma jugando a la ruleta o enfundada en un traje blanco con zapatos acharolados. ¡Enhorabuena Dani!

    ResponderEliminar
  2. "la luz era el único material de construcción admitido"
    Una luz que, sin embargo, no se emplea de la manera poéticamente correcta como la del "juego de los volumenes bajo la luz", ni como ese concepto baeciano del resbalar de la luz sobre los materiales. No es una metáfora. Es una realidad, una cualidad que dota de significado a una ciudad entera: la luz como actividad ininterrumpida de casinos, hoteles...la luz kistch de colores chillones y anuncios explícitos. La luz como medio y no como fin.

    ResponderEliminar