Ciudad taró: De cómo la gente se reapropió de Málaga

Por Fernando Ramos Muñoz
Durante demasiado tiempo, y sin que nadie supiera explicar con precisión desde cuando ni por qué, la ciudad ante sus ojos se había vuelto plomiza, pesada y gris; les invadía la frustración y el hastío permanente, la conciencia les martilleaba por la constante pérdida de valiosas piezas, por la eterna espera de mejoras necesarias que se postergaban una y otra vez.

Sus habitantes la soportaban día a día gracias a enormes dosis de paciencia, casi se diría que infinita; y, del mismo modo, el territorio que sustentaba la ciudad, al que ahora como nunca antes se perjudicaba con indolencia, recogía también esa abulia, y sufría sus efectos insanos.

Lo habitual en aquella medina era la queja, en lugar del estímulo; se consolidaba la defensa preventiva ante la percepción de agresiones inevitables, y el eterno lamento ante la ausencia de iniciativas firmes. Las pérdidas y las carencias se convirtieron en instituciones, en lugares comunes con los que convivir.

Para compensar ese desapego y desprecio por la urbe, de la que incluso habían olvidado su nombre, esa falta de reconocimiento personal en el entorno cotidiano, cada uno de sus habitantes había desarrollado en el tiempo, poco a poco, secretamente, sus propios mecanismos íntimos para recrear, aunque sólo fuera por unos instantes, tanto la ciudad perdida que ya sólo habitaba en su memoria, como la ciudad esperada que únicamente era posible en su imaginación.

Y ocurría que todos los años, aprovechando la llegada puntual del taró, cuando la ciudad quedaba anegada en niebla y sus contornos quedaban difuminados o desaparecían por unas horas, los ciudadanos que deseaban volver a ver una ciudad dueña de su memoria y de su futuro se echaban a las calles sin rumbo fijo, silenciosamente, siempre cada uno por su lado, como en una especie de íntima procesión.

Durante el estío, siempre antes del amanecer, el taró recorría despaciosamente la distancia existente entre el mar y la ciudad, para diluirse en ella a lo largo y ancho del día. Ese mar difuso y leve, nuestro y de todos, suspendido por unas breves horas sobre la ciudad, condensaba desde sus orígenes, como sedimentos, incontables personas, ciudades y civilizaciones, creadas y desaparecidas en el tiempo a todo lo largo y ancho de sus dominios. Y con ellas, se impregnaba de todo lo que les había dado su carácter y su razón de ser, haciendo su materia tan densa como leve. Deseos y fracasos, ruidos y silencios, olores, sabores, ausencias y multitudes, texturas, oscuridades y luces, se ordenaban de tal forma que al mezclarse no perdieran sus propias condiciones, sino que potenciaran las ajenas. 


Los habitantes de la ciudad, pacientemente, en aquellas inevitables y fugaces visitas del agua ingrávida, habían observado que por alguna razón desconocida para ellos, su densidad era variable en el espacio que ocupaba. Y esa cambiante concentración de la materia que la componía alteraba la percepción sensible de su ciudad, resultando distinta a la vista y al tacto, produciendo sabores y temperaturas diferentes, matizando ecos y silencios, y adulterando el aire y sus olores habituales. Y la ciudad, apreciada así, era otra distinta, y se hacía posible que, al mismo tiempo, apenas pudieran vislumbrar la gris realidad de algunos espacios o construcciones, mientras que sobre otros sólo se interponía un velo imperceptible, manteniendo inalterable su presencia. 

Y aprendieron a usar esa cualidad para materializar fugazmente su ciudad imaginada, del mismo modo que en la antigüedad habían aprendido a utilizar a favor de la urbe la inestabilidad y fluidez del mar o la firmeza y solidez de la tierra. Y usaban esa densidad variable del taró como una especie de filtro selectivo del escenario, que les permitía modificarlo de acuerdo a su voluntad, sublimando la pobre ciudad real compartida en la ciudad plena, personal, íntima, que cada uno anhelaba por su cuenta.

Y allí donde la densidad de la niebla era más elevada, casi sólida, se afanaban en recuperar por unos instantes las ausencias, los edificios y espacios urbanos que sólo habitaban ya en la memoria. Y volvían a construir durante unos instantes aquellas presencias en los vacíos que quedaron como heridas sin cicatrizar, o hacían desaparecer construcciones para liberar nuevamente los espacios compartidos que habían contribuido a definir el carácter propio de la ciudad; y una vez eran reconstruidos o liberados, los contemplaban con atención primero, y los volvían a utilizar intensamente después, y así, a través de todos los sentidos, los recordaban y los hacían más fuertes en su memoria.

Y donde la ciudad esperaba ser intervenida desde hacía demasiado tiempo, resolvían cuidadosa y diligentemente lo que en la realidad solía eternizarse. Y unían los lugares a las personas, y solapaban firmemente piezas desunidas de la misma ciudad, y mejoraban su relación con el territorio y con otras ciudades. E igualmente, una vez aquellos progresos eran construidos, los contemplaban con ilusión primero, y los utilizaban con naturalidad después, y así, confirmaban su bondad y los anhelaban incluso con más ahínco.

Por el contrario, donde la niebla era más liviana, la aplicaban como un filtro sutil para realzar lo útil y bueno que conservaban, o desdibujar delicadamente para matizar aquello que necesitaba ser reconsiderado. Y modificaban la ciudad física según su criterio, siguiendo lo que su talento y creatividad, el sentido común y la relación con el entorno les dictaba, y casi siempre conseguían mejorar lo realmente construido.

Y, así, utilizaban íntimamente aquella materia sutil pero poderosa para recuperar pérdidas, deshacer agresiones y cubrir carencias en su ciudad personal.


Y, cada uno por su lado, volvían a sentirse dueños de la urbe, aunque sólo fuera por unos instantes, y volvían a identificarse plena y satisfactoriamente con ella, y a contemplarla como el reflejo que debiera ser de su propia existencia y de su carácter, como respuesta exacta y precisa a sus necesidades reales, y como herramienta a su servicio.

Y cuando el taró invadía la polis y sus pobladores la recreaban de acuerdo a su voluntad y su memoria, la misma ciudad se hacía más sólida y espesa, más viva e intensa, como si de verdad se pudieran superponer físicamente todas en una: la ciudad perdida, la ciudad real y la ciudad esperada.

Y, a medida que pasaba el tiempo, y se apoyaban fugaz pero sistemáticamente en la niebla para poder vislumbrar la ciudad propia de cada cual, empezaron a observar que la proyección íntima de los deseos y memorias sobre aquella ciudad venida a menos empezaba a dejar huellas físicas imborrables, como una sombra arqueológica de sus deseos y necesidades, un rastro permanente de la voluntad, que, al materializarse físicamente, hacía inteligibles los anhelos y propuestas comunes.

Y casi sin darse cuenta, encontraron que la ciudad real ya no era la misma, porque a fuerza de recordar, desear e imaginar, habían cambiado su forma para siempre. Y entendieron que lo habían hecho entre todos, poco a poco, cada uno a su manera, como siempre desde los orígenes de la ciudad. Comprendieron entonces que no necesitaban esperar la llegada del taró, porque habían concebido una herramienta mucho más poderosa para transformar la realidad a su favor: una bruma cívica consciente, más densa y estable, permanentemente activa y ubicua, formada por recuerdos y anhelos en suspensión, generada íntimamente por cada ciudadano, a diario, desde todos los ámbitos y espacios vitales.


Y vieron que aquella ciudad alterada por sus deseos y memorias les representaba mejor que la ciudad gris que tanto les pesaba en el ánimo. Y, con un gesto rápido y enérgico, se sacudieron de encima el polvo de la indolencia que durante demasiado tiempo habían acumulado. Y decidieron poner en práctica todo aquello que deseaban, todo aquello que entendían como necesario y prioritario para sus vidas. Y quisieron despreciar sin miramientos los argumentos en contra que algunos llamaban arrogantemente «la realidad inevitable»; y lo hicieron, y no fue tan difícil como siempre habían temido.

Y detuvieron demoliciones gratuitas de edificios valiosos para la memoria común, quizá no definitivamente, pero sí para que hubiese tiempo de pensar antes de destruir, y no al revés. E impidieron la construcción de gigantescos palacios privados que despreciaban el perfil de la ciudad histórica común, esculpido durante muchos siglos de permanente y laboriosa mejora, y exigieron que se adecuara lo nuevo a lo heredado, y no al revés. Y entre todos revitalizaron la ciudad histórica tal como era, en lugar de convertirla en caricatura de sí misma.

Y quisieron rescatar la que siempre había sido buena relación de la ciudad con el mar, tanto en sus orillas, que dejaron de utilizarse como vertederos para convertirse en espacios libres y limpios a disposición de todos, como en su puerto, liberándolo de límites y vallas, integrándolo plenamente en el espacio urbano, y permitiendo que conviviera la historia, la industria y el ocio, sin que por ello adquiriese carácter de centro comercial anodino con hilo musical barato.

Y reutilizaron el río al que la ciudad daba nombre, como huella natural y espacio urbano característico, y no por ello tuvieron necesidad de anegarlo con hormigón y asfalto. Y volvieron a considerar su Alameda como el salón abovedado de representación, encuentro, estancia y paseo que una vez fue, en lugar de denigrarlo ensartándolo en una vía rápida de automóviles.

Y volvieron a convertir la estación de ferrocarril en un vestíbulo digno de su ciudad, en lugar de un pasadizo entre franquicias y comercios con olor a vainilla. Y conectaron todo el territorio habitado a lo largo de la costa con el tren, como siempre habían deseado.



Y concibieron una solución definitiva para la obra largamente paralizada de su templo mayor, porque en aquella ciudad jamás se había dejado una labor a medio terminar. Y al mismo tiempo, y sin vacilar, demolieron otras construcciones porque las consideraban inútiles, como aquellos antiguos cines abandonados que lastraban el valioso espacio que los soportaba.

Y decidieron que no necesitaban ningún museo donde exponer hielo azul, porque preferían disponer de espacios para trabajar y crear por sí mismos, en lugar de contemplar baratijas de otros. Y acordaron no mantener espacios decorados por y para aristócratas de papel couché, porque era mejor utilizar sus edificios de valor para mostrar a todos el patrimonio común acumulado en la historia de la ciudad.

Y pensaron que ninguna gran empresa les iba a decir cómo ser inteligente, o qué era inteligente y qué no lo era, al mismo tiempo que les apretaba avariciosamente en las facturas, les impedía pasear junto a la orilla del mar, o buscaba beneficios obscenos especulando con terrenos de la ciudad.

Y que la ciudad antigua debía utilizarse para vivir plenamente, como se pensó desde el principio, y no para sobrevivir en condiciones de salud insoportables, mientras unos pocos mercadeaban, ocupaban el espacio común, y generaban ruido, suciedad y desechos para todos.

Y volvieron a tomar el control de la polis, porque nunca había existido ningún motivo para que no fuera así. Y asumieron que, si alguna vez la ciudad no respondió a sus expectativas, fue exclusivamente por su culpa, por su dejación, por su indolencia, porque habían delegado las decisiones más importantes en unos pocos, que eran elegidos entre todos, pero demostraban una y otra vez que respondían a intereses siempre ajenos al bien común.



Y, por primera vez en mucho tiempo, pensaron antes de elegir a los que les iban a representar, en lugar de dejarse llevar por las tripas o la inercia. Porque se aplicaron a sí mismos la exigencia de responsabilidad que tantas veces habían pedido para los representantes de la ciudad: pensar antes de actuar, y actuar coherentemente. Y comprobaron que aquel sistema que ellos, ingenuamente, y en contra de su funcionamiento real, venían llamando democracia, resultaba mucho mejor si elegían a sus representantes así, con inteligencia y madurez, y con la dosis necesaria de ilusión.

Y comprendieron otra vez, porque siempre lo habían sabido, pero lo habían olvidado ya, que la ciudad, utilizada responsablemente, con sentido común y creatividad, es la mejor herramienta inventada por el ser humano en beneficio propio; pero si se la deja en manos egoístas o mentes miopes se convierte en la peor de las esclavitudes para su habitante. 

Y recordaron ahora por qué fue tan complejo y laborioso fundar la ciudad, por qué encomendaron su protección a poderosos dioses ofreciendo los mayores sacrificios, porqué habían recorrido tanta distancia a través del mar hasta encontrar un entorno natural privilegiado capaz de aportar, en permanente simbiosis, las mejores condiciones para su desarrollo; porque en aquel entonces, además de saber bien lo que deseaban, ya intuían lo difícil y laborioso que iba a ser que aquél germen creciese y les fuese útil en el futuro, aun contando con el esfuerzo permanente y el compromiso de fundadores y descendientes.

Porque las ciudades ni nacen ni se desarrollan por sí mismas, y no son más que el resultado de la acumulación en el tiempo de las acciones y omisiones cotidianas de sus habitantes, y así es como se convierten en el reflejo fiel del tejido humano que las compone. Y esa es también la razón por la que las mejoras sobre la ciudad construida se transforman, sistemáticamente, en el desarrollo personal de los que la habitan y los que la visitan. 



Y por eso requiere tiempo, práctica, y no poco esfuerzo y habilidad, aprender a materializar sobre la ciudad física las siempre cambiantes necesidades de los que las habitan, sin prisa pero sin pausa, con sentido común y creatividad, añadiendo o suprimiendo construcciones, que configurarán a su vez nuevos espacios libres. De modo que cuando se acierta plenamente en su génesis, la urbe produce a su vez creadores en todos los ámbitos y disciplinas humanas; porque la calidad de una ciudad se mide en sus efectos sobre las personas, y en los habitantes que conforma, y no tanto en su realidad física casi inaprensible por cambiante.

Y por eso requiere tiempo, práctica, y no poco esfuerzo y habilidad, aprender a transmitirla en las mejores condiciones posibles, una y otra vez, generación tras generación, para que los aciertos de la ciudad reflejados en la naturaleza que la abriga, en sus construcciones, en sus vacíos, y, finalmente, y sobre todo lo demás, en sus habitantes, se consoliden y no se pierdan, y sirvan de apoyo para la tarea posterior de otros. De modo que cuando una ciudad deja morir su creatividad e ilusión, y no es capaz de transmitirlas a sus herederos, se consume en la rutina y la decepción, porque lo que no se da, se pierde.

Y comprendieron que la misma naturaleza amable que les había invitado a fundar allí la ciudad, les enseñaba ahora, a través del taró, cómo devolver la ciudad construida, la ciudad real, a su plenitud. Porque a veces, para ver con claridad la dimensión de lo perdido y lo que queda por hacer, hay que entornar la mirada, para no dejarse dominar por lo percibido a simple vista.

Y cuando estuvieron seguros de haber devuelto la dignidad a aquella ciudad, y de que podían utilizarla de nuevo a su favor, como el mejor y más útil invento heredado que era y es, decidieron volver a nombrarla como lo hicieron sus antepasados, aquellos que la fundaron, los que partieron de la ciudad hermana de Tiro hacía ya casi 3.000 años.

Fernando Ramos Muñoz es arquitecto y creador de @sinarquitectura y @malagalab



Esta obra está bajo una licencia by-nc-sa

Créditos de imágenes:

Imagen 1: Taró sobre Málaga. ( Fuente: http://enrique.gonzalezdegor.com/?p=320)
Imagen 2: Taró sobre las playas de El Palo (Fuente: http://enrique.gonzalezdegor.com/?p=320)
Imagen 3: Taró sobre las grúas del Puerto de Málaga (Fuente: http://objetivomalaga.diariosur.es/fotos-poritoroto/jirafas-sacian-sed.-804339.html)
Imagen 4: Taró sobre el tramo urbano del cauce del río Guadalmedina (Fuente:
Imagen 5: Taró sobre el muelle 2 del Puerto de Málaga (Fuente: http://comunidad.laopiniondemalaga.es/galeria-multimedia/Malaga/Malaga-invadida-niebla/28332/3.html)
Imagen 6: Taró sobre cubierta de la Catedral de Málaga (Fuente: http://www.diariodesevilla.es/article/galeria/967108/las/imagenes/la/niebla/malaga.html#7)



Las imágenes que acompañan al texto se han obtenido de lo que la ciudad virtual comparte libremente en red. Algunas han sido editadas. Las fuentes originales son: Enrique González de Gor y Javier Martínez Lázaro (1 y 2), Comunidad Objetivo Málaga de Diario SUR (310), Carlos Criado para La Opinión de Málaga (4, 6, 7 y 8) y Punto Press para Diario de Sevilla (9).

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