por Miriam García García
En pocos minutos, la red se llenó de comentarios de profesionales del mundo de la construcción dispuestos a hacer las maletas y afrontar el reto de construir a miles de kilómetros de casa. En la pantalla del ordenador se agolpaban las imágenes unas veces sugeridas y otras dibujadas de urbanizaciones de baja densidad en entornos yermos, campos de golf en medio de áridos desiertos, altas torres, las más altas del mundo, en lugares aún sin nombre. La ilusión inicial por el anhelo de nuevos horizontes se tornaba poco a poco en desconcierto cuando los comentarios dejaban entrever que no se trataba de un auténtico viaje de descubrimiento, sino de un éxodo masivo que permitiera, repitiendo los tipos de antaño, volver a hacer caja mientras en Europa las cosas se arreglan.
Es como si aquellos territorios, sus paisajes, la cultura, el aire, el mar, el viento y el sol, no valiesen nada porque son de otros. Parece que no merece la pena reflexionar sobre lo que significa construir, hacer ciudad, país y paisaje en otros lugares. Tampoco vamos a explorar nuevas tipologías, nuevos espacios de relación, nuevos modelos de gestión de lo público y lo privado, modernas estrategias que permitan hacer más eficientes los recursos energéticos y las infraestructuras. Además, como lo que sobra es suelo —y parece que también dinero—, tampoco vamos a planificar en clave de sostenibilidad, ni procurar elementos de conexión ecológica a escala territorial, ni nada de eso. Vamos a hacer lo mismo que hemos hecho hasta ahora porque aunque los tiempos cambien, nosotros solo mudamos la piel.