por Ramón López de Lucio
El Movimiento de los Indignados que se expande por plazas y espacios públicos de las ciudades españolas desde mediados de Mayo, tiene una raíz muy clara como asunción colectiva por parte de toda una generación de jóvenes de las cada vez más insoportables condiciones laborales y vitales que padecen bajo el tardo-capitalismo financiero y la crisis global.
Se ha producido una inesperada conjunción de las frustraciones personales y los sentimientos de rabia contenida e impotencia de centenas de millares de jóvenes en un movimiento colectivo que hace oír su voz y sus reivindicaciones básicas—derechos a un trabajo, una remuneración y una vivienda dignos—con fuerza y claridad.
Pienso que el disgusto con la clase política (“que no, que no nos representan”) va más allá de una simple crítica a los mecanismos electorales, los casos de corrupción o lo que se percibe como su alejamiento de los problemas cotidianos. De hecho parece expresar una petición de autonomía de la política respecto a los poderes fácticos, esos anónimos “mercados” e insensibles instituciones financieras internacionales que exigen con voracidad inusitada más y más recortes sociales en más y más países.

