La profesión paisajista

por la Asociación Española de Paisajistas



¿POR QUÉ ES NECESARIA LA PROFESIÓN DE PAISAJISTA?

La sociedad cada vez está más concienciada sobre los límites de los recursos naturales y la necesidad de proteger el medio ambiente. Empezamos a estar preocupados por las amenazas que se ciernen sobre los paisajes existentes y los efectos del desarrollo sobre el entorno en general. Una profesión que tradicionalmente se ocupaba del diseño de jardines ha tenido que evolucionar para cubrir una importante misión: intentar armonizar las exigencias del desarrollo con la problemática medioambiental, a partir del diseño y de la planificación.



Cuando se construyen barrios, urbanizaciones, infraestructuras, complejos de ocio y deporte, parques, polígonos industriales, etc. se modifican los paisajes preexistentes. La escala y el impacto de dicho desarrollo puede ser una amenaza para el entorno, pero una cuidada ubicación y un diseño acertado del paisaje que logre integrar los elementos introducidos con los existentes puede crear un nuevo paisaje de calidad e interés visual.


Imagen: Valle de Lozoya

Paralelamente a la creación de nuevos paisajes, la evolución de los condicionantes socioeconómicos conlleva a menudo el abandono y la degradación de los paisajes existentes. La renovación paisajística puede ser la clave de la rehabilitación de zonas degradadas. La calidad estética y ambiental del paisaje renovado (urbano, industrial o rural) influye positivamente en la valoración económica del mismo.

Nuestro país tiene un importante legado de jardines históricos cuyo estudio ayuda a entender las claves de la sociedad de épocas pasadas y a guiar los planes de restauración para su conservación y disfrute. Por otra parte, tenemos el privilegio de tener una gran riqueza de paisajes naturales que requieren planes de conservación y gestión para asegurar su protección.



¿QUÉ HACE UN PAISAJISTA?

Definición de Paisajista: "El Paisajista planifica y diseña paisajes urbanos y rurales en el tiempo y en el espacio, basándose en las características naturales y en los valores históricos y culturales del lugar. Para conseguir este fin, utiliza técnicas apropiadas y materiales naturales y/o artificiales, guiándose de principios estéticos, funcionales, científicos y de planificación." (definición de la Fundación Europea de Arquitectura del Paisaje-EFLA).


La formación de un Paisajista, por un lado, incluye conocimientos humanísticos y técnicos y, por otro lado, desarrolla las habilidades artísticas y creativas. El ámbito de actuación de los profesionales de la Arquitectura del Paisaje abarca desde los paisajes urbanos y periurbanos hasta los rurales y naturales. Los proyectos varían considerablemente según la escala de trabajo: desde el diseño de un pequeño jardín, pasando por los proyectos de parques urbanos, hasta la planificación a escala regional.




Este texto ha sido cedido por Juan José Galán Vivas, Presidente de la AEP, y se encuentra publicado en la página web de la Asociación: http://www.aepaisajistas.org/



La Asociación Española de Paisajistas (anteriormente conocida como Instituto de Estudios de Jardinería y Arte Paisajista) es la asociación de profesionales de Arquitectura del Paisaje en España.


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LAS VEGAS: el éxito del exceso

por Daniel Díez Martínez



“La idea popular de Las Vegas es la de un lugar glamouroso donde puedes permanecer despierto toda la noche y donde las bailarinas no llevan top. La ciudad es el verdadero espectáculo”.
STEVE WYNN, propietario de casinos




Por mucho que se trate de proyectar la sana imagen de La Capital Mundial del Entretenimiento, Las Vegas siempre será más conocida como una gran metáfora de la corrupción, la bancarrota de los valores sociales y el capitalismo más desatado. Apuestas, prostitución, espectáculo y la inmoral filosofía del “todo está en venta” en su más desenfrenada expresión, han hecho de la ciudad un irresistible capricho para escritores, cineastas, arquitectos, gangsters, turistas y, por supuesto, jugadores.

Las Vegas fue fundada como un pueblo de parada ferroviaria en 1905, cuando una estación de tren se erigió en mitad de la nada, en el desierto del Mojave, en la línea que unía Los Angeles y Salt Lake City. A pesar de haber celebrado recientemente el centenario de la ciudad, muchos coinciden en que hay que esperar a la legalización del juego y del alcohol en el estado de Nevada en 1931, derogada la Ley Seca del congresista Volstead, para atender al verdadero nacimiento de la ciudad.


Al amparo de los indulgentes legisladores federales, y con el desierto y sus buitres como mejores confesores, un pueblo perdido en el interior de Estados Unidos se convirtió en el lugar más propicio para los criminales y sus negocios, que emigraban por docenas de ciudades como Chicago o Nueva York, donde la competencia era un asunto de vida o muerte (literal). Uno de ellos, Benjamin “Bugsy” Siegel, de Brooklyn, decidió aumentar sus beneficios y abrió el Hotel Flamingo en 1946, creando una exitosa y revolucionaria fórmula de ocio que ha venido repitiéndose hasta nuestros días.


El combinado de entretenimiento era tremendamente sencillo y eficaz. Se trataba de dar al cliente lo que “Bugsy” denominaba una “experiencia total”, y no sólo juego y apuestas. Así, el Flamingo fue el primer establecimiento de Las Vegas en aunar un casino y un extravagante hotel de lujo con maravillosas piscinas como oasis en el desierto, así como habitaciones con aire acondicionado. Disponía de amplias y excesivamente iluminadas zonas de juego que invitaban y hacían perder la noción del tiempo al jugador, así como mantenían lejos a estafadores y demás tramposos. Y cuando el infeliz apostador se cansaba de perder su dinero, podía relajarse viendo un picante espectáculo de bailarinas en los salones del hotel. El Flamingo fue el primer edificio en brindar todos estos servicios juntos.



Foto 1: El Flamingo, hogar de la “experiencia total” de “Bugsy” Siegel




Muerto en un tiroteo sólo un año más tarde de que el Flamingo fuera construido, la “experiencia total” de Bugsy había calado hondo en Las Vegas: docenas de casinos-hoteles se establecieron siguiendo sus sabias enseñanzas, comenzando una nueva era en la ciudad. Una nueva era también marcada por el comienzo de la invasión de los sindicatos del crimen, que mantendrían su hegemonía durante décadas. Eran los años 50 y 60, y mientras Sinatra y sus amigos de la Rat Pack pululaban sonrientes de hotel en hotel, un incontrolable y gigantesco desarrollo urbano financiado por la Mafia hicieron de la calle Fremont, en pleno centro de la ciudad, un peligroso a la par que tentador punto para ir a probar fortuna con la ruleta.

Conocida en todo el mundo como una vibrante avenida de luces de neón, la calle Fremont podría considerarse el lugar de nacimiento del juego. Se trata de un escenario urbano excesivo y exuberante, casi marciano. “Una cosa que parecen haber olvidado en las escuelas de arquitectura es que en este siglo [el XX] descubrimos la electricidad”, asegura el arquitecto francés Jean Nouvel. Sin embargo en Las Vegas, legiones de diseñadores de neones e interiores, ingenieros pirotécnicos y arquitectos (también de éstos, qué le vamos a hacer) trabajaban vistiendo los edificios de los casinos con ingeniosos sistemas de enmascaramiento, para ocultar así su vasta escala y simpleza formal. Ni rastro de acero, ladrillo u hormigón: la luz era el único material de construcción admitido. Apoyado en estos parámetros, Las Vegas se convierte en el más alto exponente del diseño eléctrico: un salvaje espectáculo sensorial que diluye las fronteras entre el día y la noche, el bien y el mal, o la riqueza y la ruina.


Estos viscerales parámetros de diseño dan lugar a la construcción del cartel del Flamingo, inspirado en las sensuales formas del cuerpo de una voluptuosa bailarina; o a la tentadora y brillante marquesina del Circus, Circus. Siguiendo con esta tendencia a la atracción del cliente mediante el neón se diseñó la deslumbrante fachada de paneles de espejo del Golden Nugget; como también el gigantesco vaquero digital del Binion’s Horseshoe. Este exceso eléctrico luminoso se puede llevar aún más lejos si nos damos un paseo por la llamada Fremont Street Experience, una calle peatonal y encerrada en una bóveda de cañón fabricada con paneles de LED que ofrece periódicamente espectáculos de luces.



Foto2: Los luminosa arquitectura de neón de la calle Fremont diluye los límites urbanos más fundamentales, creando uno de los escenarios metropolitanos más estimulantes del planeta





Si la calle Fremont funcionaba como el típico bazar de las medinas de las ciudades árabes, donde los objetos a vender (en este caso, los casinos a los que entrar a jugar) están al alcance del cliente a ambos lados de la calle, en los años 80, y totalmente opuesto, aparece el Strip. Esto es, una gigantesca avenida que funciona como un centro comercial: grandes carteles que anuncian al conductor qué va a encontrar en cada tienda (hotel casino en Las Vegas).


Es tras la gran expansión urbana de finales de los años 70 cuando surge el Strip, que tomará ventaja de la mayor superficie de la que dispone para construir casinos, frente a la constreñida calle Fremont. Así, el Strip será invadido por un bizarro catálogo de gigantescos complejos hoteleros temáticos, con una clara orientación para todos los públicos. Las Vegas deja de ser una ciudad para elegantes dirigentes del hampa, estrellas de dudoso corte moral y demás golfos, para convertirse en una especie de Disneylandia de máquinas rigurosamente engrasadas para dejarse los ahorros.


En este contexto aparecen los hoy ya míticos resortes de ocio como el Excalibur, el Luxor o el Treasure Island, modelos que ofrecen juego, comercio, lujosas instalaciones y entretenimiento: exactamente la misma fórmula del Flamingo de los años 40 del señor Siegel.


A partir de los años 80, espectáculo, actuaciones y arquitectura temática de escala monumental reemplazan a los ajados carteles de neón que años atrás representaban el encanto de la capital del juego. No cabe duda de que el mundo de las apuestas y el entretenimiento estaban forjando una nueva y sinérgica relación, dando lugar al escenario urbano más extraño de todo nuestro planeta. Así, nos encontramos con el grosero estilo polinesio del casino The Mirage, abierto en 1989, que eligió unos decorados paisajísticos de motivos selváticos, así como un descomunal volcán de 30 millones de dólares en su exterior que entra en erupción regularmente. New York, New York, inaugurado en 1990, trajo una imponente versión del skyline de Manhattan al desierto de Mojave, así como una montaña rusa que atraviesa el hotel. E incluso más original resulta el pirata Trasure Island, acabado en 1993, con una atracción callejera en la que se representa el hundimiento de un galeón y una fiera batalla naval entre corsarios.


El mensaje es obvio: la tipología edificatoria de hotel-casino necesita un componente de entretenimiento de alto voltaje. Se recurre a tópicos temáticos de la cultura popular para atraer al jugador y al turista. Así, los aburridos edificios donde éstos se alojan pasan a ser el telón de fondo de la verdadera arquitectura de Las Vegas: sean castillos medievales, volcanes, barcos pirata o montañas rusas. Es curioso como en mitad del desierto de Nevada, con sólo polvo y cactus alrededor, una gran ensalada de cultura de teletienda representa una especie de sinopsis del mundo entero. Digamos que si una persona dispusiera tan sólo de un día de vida y no conociera nada del mundo, tal vez Las Vegas fuera el destino perfecto para llevarse al otro barrio una descafeinada (aunque muy excitante) visión de nuestro planeta.




Foto3: La extravagancia kitsch de la “cara pública” de los resortes del Strip contrasta enormemente con la cara trasera: enormes superficies dedicadas al estacionamiento de automóviles, como transición al severo desierto del Mojave



Robert Venturi declaraba en su ensayo Learning From Las Vegas, escrito en 1972, que la ciudad “reivindica el referente vernáculo de la cultura popular Americana. […] Acepto la falta de lógica y proclamo la dualidad. [Las Vegas] defiende la riqueza de significado frente a la claridad”. Detrás de estas aparentemente frívolas palabras, Venturi postula la existencia de un significado oculto en esta arquitectura de un mal gusto tan denodado. Este paródico cocktail de alta y baja cultura tan sumamente contagioso sentó, con toda seguridad de forma involuntaria, los cimientos del Posmodernismo más hilarante al menos una década antes que los primeros diseños de Michael Graves, Charles Moore o James Stirling.


Foto4: La mezcolanza de referentes culturales populares convierte y determina hasta tal punto el paisaje de Las Vegas, que se puede hablar de un estilo arquitectónico propio y único de la ciudad, donde todo vale si al cliente le gusta.


Ojalá que el día tuviera / Más de veinticuatro horas / Porque aunque tuviese cuarenta más / No perdería un minuto durmiendo”, que cantaba Elvis Presley en aquel clásico, 'Viva Las Vegas!'. ¿Es Las Vegas el futuro y salvación de la ciudad y la arquitectura o simplemente la mayor mentira jamás construida? Dale al pueblo lo que el pueblo quiere y los números hablarán por sí solos: Las Vegas es, sin ningún tipo de duda, el mayor monumento urbano al instinto básico y al gusto popular jamás construido.



Daniel Díez Martínez es estudiante de quinto de Arquitectura en la Universidad Politécnica de Madrid (ETSAM)


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Hacia una nueva dimensión del paisaje: soportes digitales para la subversión académica

por Jon Aguirre Such

"El estamento académico reprime la enseñanza"
RICARDO AROCA

La paulatina sensibilización de la sociedad sobre el respeto al medio natural es un hecho cada vez más evidente. Cada vez son más las campañas de concienciación promovidas por las autoridades gubernamentales entorno a este tema. Y aunque la efectividad de las mismas resulta, por el momento, ilusoria, palabras como sostenibilidad, ecología o calentamiento global ya forman parte del vocabulario coloquial. Incluso el problema entorno al cambio climático ya ha alcanzado proporciones cinematográficas: tanto el documental “Una Verdad Incómoda” promovido por el ex vicepresidente de los EEUU Al Gore, como la superproducción hollywoodiense de tintes abusivamente catastróficos “El Día Después De Mañana”, han recogido las fatales consecuencias de la despreocupación de la humanidad por la naturaleza. Y, ¡cómo no! esta crisis mundial también ha obtenido el apoyo de los músicos concienciados a través del festival Live Earth[1] celebrado recientemente. Todo ello para generar una ficticia conciencia ecológica que se escuda en lo políticamente correcto para conseguir un doble objetivo: evitar cualquier cuestionamiento de los medios a través de los que se lleva a cabo esta sensibilización y trivializar un problema tan grave como la degradación de la naturaleza hasta convertirlo en un objeto de consumo más: merchandaising oficial y normas de civismo ecológico para sedar la conciencia colectiva. ¡Hasta una conocida marca de coches se jacta de construir coches “más ecológicos”!

Aunque todos estos eventos y otras tentativas planteadas
[2] entorno a esta cuestión fundamental requieran un severo análisis crítico al respecto -del que ya nos ocuparemos en este espacio más adelante-, no cabe duda de que están ayudando a generar una sensibilidad en las masas hacia los problemas ambientales. Después de siglos en los que la humanidad ha dado la espalda a la naturaleza, ahora nos volvemos para contemplar un panorama desolador. Y no parece que exista solución viable: imbuido en una dinámica económica basada en el consumo indiscriminado de recursos y en generar residuos sin control, el poder fáctico del orden mundial cuenta con demasiados intereses para que se produzca un cambio radical. Pero el problema no reside en la dificultad de transformar los sistemas de producción globalizados, ese es un horizonte en el que, más allá de la denuncia y la reflexión crítica, nuestra influencia resulta anecdótica. Más bien convendría centrar nuestros esfuerzos en los numerosos vacíos detectables en esta materia -de menor magnitud, pero de una importancia esencial. De esta manera se podrían asentar las bases de una plataforma desde la que posteriormente combatir activamente todos los despropósitos cometidos desde las altas esferas del régimen mundial. Este artículo no trata de señalar todos esos “agujeros”, nuestros esfuerzos serían fútiles: una tarea así es inabarcable, siempre existirán puntos fuera de nuestro conocimiento. Por eso centraremos el estudio dentro de las dos directrices que van a regir la actividad de Paisaje Transversal: el paisaje y la formación académica.

En el ámbito académico, la sensibilización hacia la crisis ambiental cada vez es mayor. En un vistazo superficial sobre la presencia de este tema en el campo de la enseñanza el balance resulta bastante positivo: congresos, jornadas, conferencias… entorno a un concepto, la sostenibilidad (¡bendita palabreja!) cada vez son más habituales en la agendas universitarias. Sin embargo, al profundizar en esta cuestión se observa como este sistema se muestra tremendamente ineficaz para alcanzar sus objetivos de concienciación y, sobretodo, de formación. Mientras los expertos se ufanan con sesudas teorías sobre la sostenibilidad, el mensaje se diluye en los oídos de la audiencia por lo críptico de sus formas. En el caso del alumnado la situación se agrava: carente del grado de expertización necesario para tratar este tema, la universidad tampoco proporciona un marco adecuado en el que desarrollar su formación a este respecto. En efecto, el ámbito académico no ha instituido ninguna plataforma en la que el alumnado pueda comenzar a reflexionar sobre temas de verdadera relevancia para el futuro. Estas cuestiones sólo se discuten en los foros especializados herméticos ante la acción o la reflexión de los estudiantes, quienes son concebidos como carne adocenada. De esta manera se coarta no sólo cualquier conato de reflexión (inexistente entre los alumnos), sino el interés por cualquier cuestión relacionada con el entorno ecológico.

En el caso concreto del paisaje la situación se agrava. La presencia de esta materia en los planes de estudio es insignificante y, de hecho, la formación de paisajista no está reconocida en España. Además el recelo con el que los arquitectos contemplan las acciones multidisciplinares –que ven en este tipo de prácticas un peligro incipiente para el mantenimiento de sus competencias- ha impedido que se establezca una pedagogía adecuada para poder profundizar en la práctica del paisajismo: actualmente no existe en España ningún master sobre esta materia. Este hecho unido a la falta de foros de debate vinculados al alumnado, así como a la nula presencia de éste en los debates institucionales, pone en peligro el desarrollo de propuestas eficaces que combatan los avatares de la evidente transformación del medio natural. Por eso, Paisaje Transversal se ofrece como lugar para la reflexión y la acción, en el que alumnos, profesores y profesionales relacionados (o no) con el paisaje puedan expresarse y relacionarse con total libertad.

En un momento en el que las redes tecnológicas han permitido la proliferación de medios desde los cuales fomentar la expresión individual, resulta significativo que la enseñanza universitaria no se haya hecho eco de las infinitas posibilidades que ofrecen soportes digitales como youtube, los blogs personales o, incluso, myspace. Y no se trata ya de una incapacidad técnica de adaptarse a este (no tan) nuevo mundo de posibilidades, sino más bien de cierta cerrazón para poder plantear alternativas eficaces de cara a la formación del alumnado. En este sentido, el nacimiento de Paisaje Transversal tiene un efecto doble. Por una parte evidencia la falta de interés por parte de las instituciones por establecer herramientas de reflexión y acción adecuadas a los tiempos que corren. Por otra, trata de cubrir un hueco fundamental en el panorama académico: un lugar en el que se democratiza la reflexión y todo el mundo puede participar. Aquí se pretende debatir sobre temas relacionados con el paisaje de manera igualitaria y respetuosa, sin que la condición de los participantes coaccione la relación entre ellos y sin juicios de valor que cuestionen la pertinencia de lo que aquí se exponga. Llegados a este punto, conviene hacer dos aclaraciones en referencia a las tesis sobre las que se erige este foro.

EL PAISAJE, PUNTO DE PARTIDA
Como ya se indicó en el artículo inaugural publicado en Junio, Paisaje Transversal es un espacio en el que debatir temas referentes al paisaje. Ante la dificultad de establecer una definición concreta que abarque de manera simultánea los aspectos generales y específicos del término, es conveniente establecer ciertos parámetros a los que deberán circunscribirse las participaciones que aquí pretendemos recoger.

Uno de los primeros escollos que podemos encontrar cuando de hablar sobre el paisaje se trata es que éste concepto no puede ser contemplado desde un punto de vista unificador. Actualmente el paisaje ha pasado de ser un género pictórico a objeto de estudio de numerosas disciplinas. En las últimas décadas se ha convertido en foco de interés para ingenieros, filósofos, antropólogos, biólogos, geógrafos, historiadores, técnicos ambientales, urbanistas…De modo que ya no resulta viable afrontar los retos paisajísticos desde una perspectiva única y excluyente. No obstante esta realidad no convendría que fuese interpretada como un obstáculo, sino como una oportunidad para desarrollar una metodología de pensamiento adecuada a la problemática del paisaje contemporáneo.
La multiplicidad de acepciones -derivadas de ese interés multidisciplinar- que se han propuesto para el paisaje podemos reducirlas a un denominador común: información
[3]. Por consiguiente puede establecerse que el paisaje es toda aquella información que el ser humano recibe del medio físico en el que habita. No obstante esta definición no resulta del todo completa. El paisaje no aparece de facto ante el ser humano, no lo conforman solamente los objetos que nos rodean, hay algo más. Reducir el paisaje a los elementos físicos o los accidentes geográficos que componen el medio natural o artificial que habita el ser humano es una confusión semántica y conceptual. Las montañas, ríos, árboles, rocas, edificios o animales constituyen ese medio físico comúnmente tienden entenderse por paisaje cuando en realidad al conjunto de estos componentes se los designa como paraje. Este error encierra en sí un desajuste conceptual importante: para que el paraje traspase su estatus de realidad física y alcance el rango de “construcción cultural” de paisaje es imprescindible la acción interpretativa del hombre[4]. Esto es: el paraje pasa a ser paisaje cuando el hombre reflexiona sobre él. Así el paisaje puede contemplarse como un objeto intelectual al cual sólo se accede a través de la reflexión o la interpretación. Para que esto ocurra es necesario que entre la diversidad de elementos que se ofrecen a la contemplación exista “trabazón”, algo que produzca el estímulo poético en la persona que los observa. En este sentido, el pensamiento poético es una herramienta fundamental en la interpretación del medio natural ya que nos proporciona el impulso necesario para desvelar las fuerzas ocultas que configuran el paisaje y, en definitiva, es lo que inspira la reflexión, interpretación y acción paisajista. A modo de síntesis podemos aventurarnos a establecer una idea de paisaje sobre la que trabajar de ahora en adelante. De este modo el paisaje se concibe como el medio físico (natural o artificial) debidamente trabado que contemplado por el ser humano produce en este un impulso (poético) capaz de generar una reflexión, pensamiento o acción. Por consiguiente el concepto paisaje ofrece un marco incomparable en el que establecer unas pautas de pensamiento y desarrollo comunes a todas las disciplinas en él implicadas.

PARTICIPACIÓN DEMOCRÁTICA
Una vez concluido que la existencia del paisaje está supeditada a la capacidad reflexiva del individuo, el siguiente paso es admitir esta cualidad en cualquier individuo. Esto viene a suplir la imperiosa necesidad que el ser humano tiene para expresarse. De este modo Paisaje Transversal propone un campo de pensamiento amplio en el que todo el mundo pueda participar. En un momento en el que, gracias a los soportes digitales mencionados, se ha dado un vuelco importante al concepto de creatividad, convendría no dar la espalda a este amplio espectro de posibilidades que el entorno telemático nos ofrece.
Bajo este enfoque pretendemos participar de la creatividad individualizada que han generado las plataformas digitales e instaurar un lugar de encuentro en el que no se requiera un nivel de erudición para participar, sino simplemente sea necesario plasmar sobre la pantalla del ordenador todos los pensamientos que se produzcan a raíz de reflexionar sobre el paisaje. Un foro abierto en el que todas las ideas sean bienvenidas, pero que también pueden ser debatidas y rebatidas. Un espacio que fomente la transferencia de información y que ayude a concebir un caldo de cultivo intelectual común a través del cual proponer tentativas para los problemas venideros entorno al medio físico.


Jon Aguirre Such es estudiante de quinto curso de Arquitectura en la Universidad Politécnica de Madrid (ETSAM)
[1] Irónicamente uno de los dos patrocinadores oficiales del festival es smart, una marca de coches que, por su reducido tamaño y prestaciones, ha sido ideada para fomentar el uso del automóvil por la ciudad.[2] La comercialización del “bio-diesel” obtenido de los cereales supondrá un encarecimiento de dicha materia prima haciendo que este bien sea inalcanzable para los habitantes de países con economías poco desarrolladas.[3] G. BERNALDEZ, FERNANDO. Ecología y Paisaje. H. Blume Ediciones, Madrid, 1981[4] MADERUELO, JAVIER. El paisaje. Génesis de un concepto. Abada Editores, Madrid, 2005


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How to be an architect o cómo aprendí a amar las indeterminaciones urbanas

por Guillermo Acero Caballero




Las ciudades ya no son como creemos, seguramente ni tan siquiera son como esperamos que sean. Los cambios que en ellas se han producido desde un tiempo que parece indefinido han transformados las antiguas ciudades en macroorganismos costosos de asimilar al concepto que se tenía acerca de lo que una ciudad debía ser. Las estructuras -o inestructuras- urbanas se tornan a cada momento más complejas, más confusas, y por tanto más difícilmente representables –y pensables-. El conjunto de variables de las que se dispone en cada momento resulta tan inabarcable que parece haberse optado la vía del reduccionismo. Dos han parecido ser los bandos en los que posicionarse durante las últimas décadas; la vía del racionalismo por un lado, la del deconstructivismo por otro. Más allá de consideraciones morales, ambas han demostrado su ineptitud a la hora de enfrentarse a los procesos que se dan en las estructuras urbanas que hoy vivimos. Las secuelas de ambas líneas son, junto con la pervivencia historicista, el principal lastre con el que cargan las ciudades en la actualidad. Un temor irracional a las ciudades que vimos en las películas de ciencia ficción parece haberse apoderado de los organismos administrativos, incapaces de imaginar más allá de la ciudad histórica.


Los procesos tradicionales de generar arquitectura se han demostrado en este punto estériles. No se puede abordar el trabajo sobre los espacios urbanos de la misma manera que se trabajaba sobre la ciudad tradicional. Los procesos de proyectación de objetos arquitectónicos resultan a día de hoy mucho más avanzados que las técnicas de análisis urbano, que se han mostrado incapaces siquiera de considerar la multiplicidad de fenómenos y presiones sociales presentes en los aparatos urbanos.


La ciudad ya no se experimenta de la misma manera. Las redes de comunicaciones entre ciudades, las redes subterráneas de las propias ciudades, los sistemas de telecomunicaciones a nivel global, han alterado sin duda la manera en que percibimos nuestras urbes, y sin embargo éstas siguen presentando el mismo aspecto. La continuidad del aún llamado espacio público sigue dominando la labor proyectual, pero se ha demostrado obsoleta como sistema de percepción de lo verdaderamente urbano. El espacio que configura la ciudad –aunque este concepto parezca ya un poco obsoleto- muestra una complejidad que el arquitecto no sólo no es capaz de concebir, sino que rechaza en favor de un muestrario de recursos de diseño, bajo la excusa de dotar a la propuesta de integridad arquitectónica, de una idea que integre forma y fondo. Parece que no nos demos cuenta de que en la ciudad que hoy vivimos, la forma y el fondo se hallan habitualmente en conflicto.


A menudo esta labor trae consigo una simplificación de los procesos y los flujos que se dan en el espacio urbano de manera espontánea, como si los proyectos perpetrados por los urbanistas fuesen en la práctica incapaces de acoger la multiplicidad de fenómenos que podrían darse en las ciudades. En estos espacios, generalmente unívocos y de fácil lectura, se evita la superposición de actividades a favor de la represión de los agentes que participan en dichas actividades. Los espacios sirven cada vez para menos cosas en beneficio del concepto genérico de espacio público. No es necesario demostrar la inutilidad de la mayor parte de los espacios públicos que los arquitectos conciben; muchos parecen salidos de oscuros despachos donde primase más el control de la población que las posibilidades de expresión de éstos.


Cuando surge una nueva manera de entender los entornos urbanos, se hace necesaria una transformación de las estrategias que sobre ellos actúan. El trabajo sobre la ciudad no se circunscribe a la labor del arquitecto, que se muestra incapaz de concebir todos los fenómenos que simultáneamente tienen lugar, sino al pensamiento a través de un inconsciente colectivo catalizado a través de diversos agentes. Tan sólo se piensa sobre aquello que de una manera u otra se representa. Tal vez entonces se puedan pensar ciudades tan complejas como debieran, más complejas incluso que nosotros mismos.




Guillermo Acero Caballero es estudiante de quinto curso de Arquitectura en la Universidad Politécnica de Madrid (ETSAM)

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Miradas

por Ramiro Aznar Ballarín

El 21 de diciembre de 1968, a bordo de la cápsula Apollo 8, tres astronautas se dirigieron hacia lo que sería el primer vuelo orbital alrededor de la Luna. Pero mientras sus compañeros tenían puesta su atención en el objetivo, el jefe de la expedición, James A. Lovell, se quedó mirando el punto de partida.

El término paisaje está ligado con la idea de percepción. Pero la mayoría de las veces esta palabra se confunde con valoración, es decir, en lugar de ver un espacio natural, un pueblo con arquitectura tradicional… en este país se valora como terreno edificable, hectáreas para agricultura intensiva…

En el año del 25 aniversario de Blade Runner, un homenaje indiscutible al sentido de la vista, me gustaría imitar a Lovell: mirar a La Tierra en lugar de a la Luna.



Ramiro Aznar Ballarín es estudiante de quinto curso de Biología en la Universidad Complutense de Madrid



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